6.14.2026

Patricio Rey en el Palacio de Invierno- Audacia, audacia y siempre audacia: cuando el pogo explica la revolución.


Introducción

Una vez que arranca el pogo más grande del mundo, no hay vuelta atrás. El que duda se cae. El que se queda quieto desaparece. No hay tiempo para pensar. Solo saltar, empujar y moverse en oleadas.

Lenin lo escribió en Consejos de un ausente, a las apuradas, antes de la toma del Palacio de Invierno: una vez iniciada la insurrección, hay que ir hasta el final. La defensiva es la muerte. Y remataba con Dantón: "Audacia, audacia y siempre audacia".

Ni Lenin ni Danton explicaron el pogo. Es al revés. El pogo te explica lo que ellos dijeron. Porque lo que pasa en ese solo de Jijiji, cuando el saxo de Dawi larga la primera nota y la masa se convierte en protagonista, es lo mismo que quería decir Dantón pero sin palabras. Puro cuerpo. Puro salto. Pura audacia.

 

 

Oktubre (1986) abre con "Fuegos de Octubre".

“De regreso a Octubre (desde Octubre) / Sin un estandarte de mi parte… / Te prefiero igual, Internacional."

 

No es una declaración venida de la III ni de la VI.  Es la confesión de un hombre que vuelve a la cita con la historia sin insignias partidarias, pero con una lealtad intacta a eso que alguna vez se llamó la Internacional. Una Internacional sin carnet, sin comité central, hecha de música, de cuerpos y de un deseo de liberación que se cuela entre las estrofas.

En la tapa del disco, banderas rojas. Oktubre con "k" es un guiño inequívoco al Octubre Rojo bolchevique de 1917. Pero sin comisarios del pueblo ni soviets de diputados. La revolución que se propone es otra, y su campo de batalla es el campo del baile masivo. La misa ricotera.

 

El momento en que la palabra se rinde

 

Dentro de Oktubre está "Jijiji". Y dentro de "Jijiji", escondido en el centro de la canción, está el pogo más grande del mundo. Esa intensa melodía que lo desata se da en ese solo instrumental que Skay definió como "música gitana". La voz del Indio desaparece y lo que irrumpe es un diálogo frenético entre la guitarra y el saxo, una danza que se acelera como un carro desbocado. El Indio ya lo anticipó: "ahora se viene el pogo más grande del mundo". Después se calla y deja que la música haga lo suyo. Ahí, justo ahí, la masa pasa a ser la protagonista. Miles de personas saltan al unísono. La banda sigue sonando, pero la ceremonia ya no es de los músicos: es de los cuerpos que se mueven al compás de una melodía que no es triste ni alegre, es maníaco-depresiva, pero donde la manía aplasta a la melancolía y todo es vértigo, aceleración, rojo y gitano. La palabra se rinde. El cuerpo avanza.

 

Las reglas de la insurrección

 

En octubre de 1917, Vladimir Ilich Lenin escribió un texto urgente desde la clandestinidad. Lo tituló Consejos de un ausente (o Consejos de un espectador). Ahí, a días del asalto al Palacio de Invierno, repasó las enseñanzas de Marx sobre el arte de la insurrección. Y remató con una cita que había hecho famosa Dantón, el revolucionario francés:

"Audacia, audacia y siempre audacia."

Las reglas que Lenin enumera en ese texto son de una precisión quirúrgica. No se puede evitar leerlas con el oído puesto en el célebre solo de Jijiji.

"No jugar nunca a la insurrección, pero una vez empezada estar firmemente convencido de que es necesario ir hasta el final."

El pogo más grande del mundo no es un juego. Se prepara en el "¡No lo soñé!" gritado a pulmón, se toma envión en el silencio expectante, y cuando el saxo de Dawi larga la primera nota, ya está. No hay marcha atrás. El que entra, va a fondo. Dudar es caerse, y peor, es romper el hechizo colectivo.

"Una vez comenzada la insurrección, se debe proceder con la mayor decisión y pasar obligatoria e incondicionalmente a la ofensiva. La defensiva es la muerte de la insurrección".

En el pogo de Jijiji no existe la defensiva. Quedarse quieto es imposible, correrse a un costado es quedar fuera de la masa, fuera de la revolución de los cuerpos. La única postura es el salto, el avance vertical, la entrega total. Cada salto es una pequeña ofensiva contra la gravedad, contra la razón, contra el afuera.

Defenderse es la muerte del éxtasis. Atacar, en este caso, es entregarse.

Audacia, hermano, audacia.

 

La consigna de Dantón, que Marx hizo propia y que Lenin repitió como un martillo, es el alma del que se tira a ese remolino. Entrar al pogo más grande del mundo es un acto de audacia pura. No hay garantías. Confiás en el desconocido que tenés al lado, te abandonás al ritmo, ponés el cuerpo en una coreografía que se inventa a cada segundo. Como el militante que sale a la calle sin saber si vuelve, el que salta en el pogo se juega entero sin red.

Lenin también decía: "Hay que esforzarse por obtener éxitos diarios, por pequeños que sean, manteniendo a toda costa la superioridad moral." En el pogo, cada compás ganado es una victoria. Mantenerse en pie, sostener el salto, no bajar los brazos: todo es parte de la misma superioridad moral que pedía Lenin para los insurrectos. La moral del que no abandona.

 

La revolución en minutos

 

El solo termina. La banda retoma el riff, el Indio vuelve a cantar y la vida real —esa que tiene rutas trabadas, ojos de durax lastimado y lluvia en estocadas finas— te espera afuera. El pogo, como toda insurrección, es efímero. Un relámpago de belleza colectiva. Pero lo que viviste en ese minuto y medio es irrefutable. No lo soñaste. Fue real.

En octubre de 1917, el pueblo asaltó el Palacio de Invierno. En cada recital de los Redondos, el pueblo asalta el silencio y lo convierte en una danza de saltos. Dos insurrecciones. Una con fusiles, otra con cuerpos. Las dos necesitan de la audacia. Las dos, en su momento de gloria, no tienen vuelta atrás.

La Internacional sin estandarte

 

El tipo que canta "Fuegos de Octubre" dice que no tiene estandarte, pero que igual prefiere la Internacional. El estandarte a veces divide; la Internacional, en el sentido más hondo, une. Y en el pogo más grande del mundo no hay banderas partidarias. Hay una Internacional del deseo, del salto compartido, del codo a codo sin pedir nada a cambio.

Una Internacional que empieza con un solo de saxo y se sostiene a pura audacia. Hasta el próximo salto.

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