Siempre recuerdo que el profesor Ayllón, docente de música en el Colegio Nacional de La Plata, además de muy buen pianista; nos decía que, debido a su sordera, Beethoven había compuesto un tipo de música que podría resultar extraña. Pasaba de melodías extremadamente bajas a tonalidades muy fuertes. Contrastes que sólo podían entenderse por ese déficit auditivo. Y que su verdadera genialidad no estaba separada de eso. Que un genio de la música fuera algo sordo, nos muestra a las claras de que este arte, no es simple sonido sino una muy compleja articulación simbólica.
Lo acontecido
pasó cuando yo tenía 13 años, hoy tengo 72. Me parece sumamente válido señalar
el tiempo concreto, las fechas; porque si no, se corre el riesgo de no entender
muy bien de qué estamos hablando. En aquel tiempo mi hermana iba a aprender a
tocar el piano, con una profesora a quien supervisaba el mismo Ayllón. Cuando
fui a ver la muestra anual, quise aprender a tocar el piano. Pero fui a otra
profesora. No duré mucho con ese aprendizaje. No escucho hoy hablar de
profesores particulares de piano, antes fue muy común.
Volviendo a la
sordera de Beethoven y a su particular confección musical, cuando fui descubriendo
a los 15 años, el rock y la música progresiva, me asombró que Pink Floyd
utilizara esos contrastes de intensidad sonora de forma muy recurrente. La
mayoría de los temas de esta banda comienzan con tonos casi inaudibles. En este momento estoy escuchando el álbum Ummagumma de 1969 y por momentos debido
a mi sordera de viejo, creo que la reproducción se detuvo y de repente irrumpen
sonidos muy briosos.

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