4.21.2013

El violín del diablo

Jorge y su padre el tranviario Jaime


El nombre de Jorge Pinchevsky está asociado a un tiempo mítico de la historia del rock argentino, por haber sido su primer violinista, y por haber formado parte de legendarias agrupaciones como fueron La Cofradía de la Flor Solar y la Pesada del Rock and Roll liderada por Billy Bond. Menos conocida es su trayectoria en el exilio europeo, y la de sus últimos años cuando parecía haber ingresado en el olvido de todos aquellos que a principios de los ’70 lo tenían como a un ícono de la música progresiva local. El encuentro de Pinchevsky y el rock no fue convencional, no fue el del joven que se inicia en la ejecución de un instrumento musical; fue el de un músico experimentado y fogueado en diferentes estilos, a pesar de su juventud, que al descubrir lo nuevo que emergía le aportó un plus incomparable.
Jaime Tito Pinchevsky era un joven anarquista rosarino que, allá por los ’40, decidió buscar fortuna en La Plata. Junto a Sara, su mujer, y al pequeño Jorge, hijo de ambos, que había nacido en 1943 también en la Chicago argentina, se instalarían en una vieja casa situada en Diagonal 74 y 57. Allí, Jaime, tras conseguir trabajo como conductor de las líneas 5 y 25 del tranvía, sería padre de dos hijos más, Eduardo y Carlos. Este último es quien contó una cantidad de historias con las cuales este texto comenzó a tejerse.
Tito tenía muchas lecturas encima y era un apasionado por la música clásica. Mientras manejaba el tranvía, una vez fue sorprendido cerca de la parroquia del Sagrado Corazón silbando el Ave María de Schubert por el párroco Roberto Lodigiani, quien posteriormente, además de arzobispo, fuera el fundador de Cáritas. El futuro monseñor no podía creer que un tranviario conociera esa melodía, y tras conversar entre ellos entablaron cierta amistad, ya que Lodigiani viajaba asiduamente en ese transporte.
El sótano de la casa de Jaime se fue convirtiendo en un sitio de referencia, ya que ahí se juntaban varios anarquistas platenses, que además de reuniones conspirativas, también jugaban al ajedrez, comentaban libros de Rudolf Rockker y escuchaban música. El célebre activista libertario José Grunfeld, tío de Tito, solía dar charlas formativas a los que ahí se reunían. Jorgito pasó sus primeros años de vida en ese clima, y tal vez esa fue la matriz principal para llegar a ser ese primer violinista que tuvo el rock argentino, en un tiempo donde éste era parte de la contracultura. Por paradójico que resulte, don Jaime hubiera querido que Jorgito fuera un violinista del estilo del célebre Yehudi Menuhin, quien a muy corta edad parecía biológicamente dotado para ejecutar el instrumento de cuerdas. Jorgito daba la sensación de seguir el mismo camino, ya que a los cuatro años, cuando escuchaba los discos de música clásica de su padre, le preguntaba por un sonido que se le recortaba en sus oídos de la totalidad, y eso coincidía con el sonido del violín. “¿Papá qué es eso?”. y eso era el sonido del instrumento de cuerdas del cual Jorgito sería un eximio ejecutante. Pero como el nene se había vuelto insistente con esa pregunta, Tito, entusiasmado, se lo comentó a su otro tío, el doctor Rafael Grinfeld (hermano de José Grunfeld, quienes por culpa del registro civil tendrían en el apellido una vocal de diferencia). Rafael, además de ser un investigador de talla en Física nuclear y haber traducido a Einstein al castellano, era alguien bastante relacionado, y fue así que, además de comprarle el violín a su sobrino nieto, contactó a Jaime con su amigo, el maestro Humberto Carfi, para que le diera clases al niño.
El padre y su hijo de cinco años con instrumento nuevo fueron a verlo a Carfi. Lo primero que le pidió el maestro al niño fue que tomara el violín y lo colocara como si fuera a tocar. Al verlo, no dudó un segundo, asegurándole a Jaime que su hijo tenía condiciones para ser un gran violinista, y que él le iría a dar clases preparatorias para que Jorge ingresara al Conservatorio Provincial.
A los 13 años, cuando Alberto Ginastera era director del Conservatorio, Jorge egresaría realizando una presentación en el aula magna del Colegio Nacional, formando un trío junto a Alberto Portugheis en piano y Alberto Lysy en viola. Escribir sobre ellos llevaría un capítulo aparte ya que estos dos platenses se convertirían con el tiempo en afamados músicos clásicos de trascendencia internacional.
Pero el sueño de don Tito de que su hijo mayor fuera un gran violinista clásico, de a poco comenzó a desvanecerse. Con apenas 14 años Jorge iniciaría una deriva musical, que más de diez años después lo ligaría al incipiente rock argentino, cuando iría a encontrase con La Cofradía de la Flor Solar y un extraño violín hecho de metal con forma de ballesta.
Pinchevsky se sumaría a la orquesta típica del pianista Horacio del Bueno, y recorrería varias localidades de la provincia durante los bailes de carnaval. La relación de Jorge con el tango fue muy estrecha, e incluso siguió cultivando la música ciudadana, hasta los últimos años de su vida. Cuando en su exilio formara parte de Gong, una legendaria banda de jazz rock progresivo anglofrancesa, en uno de los temas del disco Shamal realizado en 1976 y que fuera producido por Nick Mason de Pink Floyd, Pin irrumpía con el sonido del violín interpretando un tango bien canyengue y recitando en voz baja sobre “el gato del arrabal que vio llegar a la morocha por el empedrado”.
Pero al tango también le sumó la formación de un dúo junto al guitarrista Raúl Maure, con quien realizaban un extraño mix de estilos que iban desde un folklore camelero, donde confluían la ranchera y el clásico Pájaro Campana con música gitana, bolero, bossa nova, paso doble y las Sardas de Monti. Con Maure tocaban en los cabarets, principalmente en Las Brujas de Ensenada, y en el Première de Diagonal 80 y 115. También si alguien se los encargaba eran capaces de arrimarse hasta algún balcón para tocar una serenata. A don Jaime todo esto ya no le gustaba nada. Él, que había pretendido un hijo que fuera como Yehudi Menuhin, y protestaba cuando le llegaba la cuenta de teléfono y se enteraba así que Jorge llamaba a sus novias para darles largos conciertos telefónicos. De todas formas, Tito le recomendó a su hijo que cambiara su nombre por uno artístico para presentarse con el dúo. Pinchevsky era un apellido muy ruso para eso, y así el nombre del violinista sería Jorge Durán, y el dúo Durán-Maure.
Un amigo contó que, allá por el ’67, fue exclusivamente a escuchar en el viejo cabaret de 7 y 32, más conocido como El Violín de Mi Tía, a ese asombroso par de músicos mientras el resto de los parroquianos se entretenían tomando whiscola junto a las coperas, sin prestarles demasiada atención. Quien tuvo la suerte de poder escucharlos e incluso compartir la mesa de aquel antro plagado por el humo del cigarrillo, recuerda haber disfrutado junto a ellos de una botella de Bols, la afamada ginebra que “entona y sienta bien”, según versaba la publicidad de la época.
Por la madrugada llegó la policía a pedir documentos y, tremendo detalle, quien había ido a conocer la música del dúo era menor y terminaría en un patrullero, deportado a su casa, previo paso por un juzgado de menores, y ahí fue cuando apareció el gesto de Pinchevsky, al enterarse de la situación. Se sentó al lado del muchacho y le dijo al uniformado: “Es mi primo, por la madrugada sale para Chivilcoy, no tenía dónde pasar la noche y lo traje conmigo. Yo me hago responsable...”. El policía los miró a los dos, y debiendo haber pensado que era impropio quedar mal con un artista admirado por la concurrencia, le dijo “está bien, pero no lo deje solo, no es ambiente para un pibe...”.
La otra veta ya señalada de Pinchevsky fue la del tango, y además de tocar con Del Bueno lo hizo con José Pepe Basso. En la escuela musical que éste tenía en 2 y 44, Jorge enseñaba: teoría, solfeo, vocalización, armonía y contrapunto. Mientras tanto también trabajaba como colectivero de la Línea 13, que era la que unía a La Plata con Ensenada.
La llegada del violinista al mundo del rock es la historia más conocida, y por la cual se hizo conocido, a pesar de pasar sus últimos años casi en el olvido.

2.23.2013

El mito de la "ballesta" y el violinista de rock


Allá por el ’71 según nos cuenta Carlitos Pinchevsky, él y su hermano Jorge: el violinista que por entonces todavía no había llegado al rock, ambos estaban tomando algo en un bar de 7 entre 50 y 51, más precisamente arriba del viejo bowling que estaba en el sótano de la galería San Martín, cuando pasó por ahí el Mono Cohen. Cuando los vio entró y se dirigió en particular al violinista. Ellos se conocían desde hacía bastante tiempo. ¿Qué le dijo? que tenía un extraño violín metálico y eléctrico en la casa de la Cofradía de la Flor Solar y que nadie sabía cómo hacer para tocar música con eso, que lo había probado Quique Gornatti, pero nada, era algo imposible. 
El Mono le pidió a Pin si podía acercarse a la casona de 122 y 72 bis, y ver si él podía hacer algo. Los tres se levantaron de la mesa, y se fueron para allá.
El instrumento conocido en aquella época como la ballesta, por su forma, era algo que había construido un brasileño que había pasado por ahí, y luego desapareció.
El violinista conectó el instrumento y se puso a tocar, y se quedó haciéndolo toda la noche sin parar, mientras Carlitos ya cansado, dijo “yo me voy, que se quede tocando”.
A partir de ese momento, surgía en la Argentina el primer violinista de rock.
Según cuenta Nancy Geymonat, última compañera de Pin, éste alguna vez le dijo que el brasileño que había construido el extraño instrumento, terminó en un loquero, y que cuando el violinista se exilió en Europa, la ballesta quedó perdida en el viejo continente.

11.22.2012

El Lozano y la resistencia cultural a la dictadura


Allá por el ’77 la ciudad de La Plata se había vuelto grisácea y descolorida. La dictadura había golpeado muy duro en está región, mucho más que en otros sitios. Todo el empuje contracultural de años atrás había quedado reducido a pequeños tugurios, donde poder ejercer cierta resistencia. Aquella “Pálida ciudad” que habían entonado Billy Bond y la Pesada del Rock, ni siquiera ya sonaba ni en las diagonales, ni en la ribera. El tema de la Cofradía desde el silencio cobraba mucho mayor vigencia.

Si bien el sol podía salir, su brillo estaba opacado y era preferible la noche, a pesar de sus peligros. Los sobrevivientes disimulaban su condición, a sabiendas que a muchos amigos los habían perdido. El rock y la cultura ocuparon un lugar de resistencia, a condición de no masificarse. Los milicos no podían liquidar todo, porque menos ya era mucho.

En los últimos meses del ’77 se incorporaba el Teatro Lozano de 11 e/45 y 46 a la red de lugares donde se podían escuchar grupos de rock, o distintas manifestaciones culturales. Se sumaba así a lo que ya brindaban el Opera, la AMIA, o el Astro.

Capitaneado por Carlos Mariño, el Lozano adecuaba su sala para diversas expresiones artísticas. No solamente rock era lo que se ofrecía, también tango y folklore para gente más grande, así como ciclos de cine, grupos de teatro, exposiciones de plástica y fotografía.
En el ’78 el Lozano sería el lugar donde se presentaría la entonces emblemática banda de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, la cual venía de un viaje por norte del país, más precisamente de Salta, habiéndose presentado en el ya mítico boliche del Polaco.

9.23.2012

Hongo Atómico


Corría el año ’73 cuando a la Argentina llegaba una nueva modalidad del rock, el progresivo y sinfónico. Los nuevos agrupamientos si bien venían muy influenciados por el hard rock de Led Zeppelín, Deep Puple y Black Sabbath, ahora se volvían proclives a escuchar bandas como Yes, Genesis y King Crimson, y a partir de ello intentaban construir un estilo de ese porte.

Pero bucear en lo progresivo, les llevaba a los que lo intentaban hacer, largas horas de ensayo, composición, búsquedas y ajustes sonoros. En La Plata uno de estos grupos fue Hongo Atómico. Llevaron casi un año en definir el sonido para salir al ruedo, en largas horas de sesión y ensayo en la vieja casa de 71 entre 23 y 24.
El Hongo tenía dos guitarristas, pero los dos fraseaban como primera guitarra, en un complemento verdaderamente asombroso, ellos eran Miguel López Muntaner y Víctor Videla. El bajista era el ensenadense José Luis Borza quien antes había sido parte de Tonelada, y el batero era Omar Farías.

Miguel quien antes había formado parte de la banda Caramelo, cuenta que Hongo Atómico buscaba la perfección musical, y que los riffs y acordes del bajo de Borza muy influido por el bajista Roger Glover de Deep Purple, eran mazazos en la melodía sinfónica, un cóctel verdaderamente explosivo.

Cuando el grupo ensayaba en la calle 71, se acercaban muchos a escucharlos ahí mismo, convirtiendo a la casa en un verdadero lugar de encuentro. Una modalidad de aquel tiempo que hoy ya no existe.

8.23.2012

Quique Gornatti


Si bien Quique Gornatti, nació y se crió en la ciudad de Nueve de Julio, Provincia de Buenos Aires, al terminar el secundario se vino a estudiar Arquitectura a La Plata, y se ligó al mundillo del rock local. Pero su afición por la música venía desde la niñez, ya que a los 9 años comenzó a estudiar piano y guitarra. Entonces, tocaba el piano de su madre y buscaba inspiración en la música que escuchaba por la radio. A los doce años le regalaron su primera guitarra eléctrica: una Fratti de un micrófono, y formaría con amigos en primer lugar el grupo The West Indian, y luego Los Drawers. Con esas agrupaciones tocarían en fiestas, cumpleaños, y bares de Nueve de Julio, y poblaciones aledañas.
Cuando llegó a La Plata conoció la Cofradía de la Flor Solar, y se incorporó tocando la guitarra rítmica, pero también formando otros grupos como Sol y el Ice Cream Trío. El que escribe se sorprendió gratamente allá por el ’72 cuando en un festival realizado en el viejo Comedor Universitario de 1 y 50, donde hoy está la facultad de Odontología, pudo escuchar al trío Sol, donde Quique Gornatti además de tocar la guitarra, era su vocalista. Siempre me quedó en la memoria un tema que supondría que se llamaba “Ella está pensando”, ya que así comenzaba la letra de un blues-rock duro, que tras preguntarse el intérprete qué era lo que ella pensaba, concluía dándose cuenta que lo que ella quería, era amar. El trío sonaba  muy bien, con ese sonido pesado que caracterizaba a los primeros años setenta, donde Zeppelín y Hendrix eran influencias decisivas.
Gornatti tocaría también con Billy Bond y la pesada, pero se exiliaría en España, donde junto a Miguel Cantilo, y los también ex cofrades Morci Requena, e Isa Portugheis formarían aquel grupo llamado Punch, que se había inclinado por el nuevo sonido new wave. Con Punch retornarían al país allá por los ochenta. 

8.14.2012

Claudio Gabis- El Fin del Romanticismo. (Revista Pelo- 1979)



Claudio Gabis

El Fin del Romanticismo. (Revista Pelo- 1979) 

Por pocos días estuvo en Buenos Aires Claudio Gabis, en una visita familiar que también incluyó las negociaciones para presentar antes de fin de año su banda brasileña, Index. Estos cinco años de residencia en el exterior, que abarcaron estudios musicales en Estados Unidos y conciertos en Europa, dotaron a Gabis de madurez profesional y humana. Este es el racconto de sus experiencias, el reencuentro con viejos compañeros de ruta en Europa, la perspectiva de su música en Brasil, y la posibilidad de tocar en Argentina.

Transcurrieron siete años desde que Manal se disolvió, seis desde La Pesada del Rock y cinco desde su radicación en Brasil. Para Claudio Gabis, como para otros tantos precursores del rock en la Argentina, el tiempo es una contabilidad de vivencias cumplidas, de las que resta el núcleo de una actitud ya despojada de confusión.
Desde la época de La Cueva, entre 1967 y 1968, el Manal donde estaba Gabis participaba, junto a Almendra y Los Gatos, del prestigio de ser uno de los primeros y de los exitosos. Cuando en 1969 se produjo la primera oleada de separaciones, la música y los músicos se eclipsaron. Con pecados y aciertos, La Pesada del Rock —a la que se incorporó Gabis— promovió un nuevo impulso, aunque marcados por el desenfreno. Gabis se fue a Brasil y cambió de música, y el músico creció en conciencia.
El Gabis de hoy, el que estuvo por unos días en Buenos Aires, es el reflejo veraz de ese balance: "Con Javier (Martínez) no nos veíamos desde hace siete años, justo desde que Manal se separó, y nunca se daba la posibilidad de que pudiera viajar a Barcelona. Cuando estuve en Portugal con Index, invitados a participar en el festival de jazz de Cascais, que es el último punto que toca la gira del festival de jazz de Newport en Europa (ahí actuamos junto a Albert King, Nancy Wilson y Dexter Gordon, entre otros), llamé a España para avisarle a Javier que iba. El reencuentro fue el de los viejos amigos, y me alegró verlo bien, activo, haciendo música, componiendo en abundancia, preparándose para mostrar una música rarísima, participando en grupos barceloneses, como Esqueixada Sniff, de alto nivel. En la Argentina se habían corrido muchos rumores tristes sobre él. Yo lo vi y quiero aclarar que está muy bien. No se quiere relacionar con los argentinos que viven allá, porque se han hecho una fama muy dudosa. Cuando llegué a Barcelona, hacía un mes que él estaba tocando en un trío de jazz, Omni Blues, y me integré a ellos. Esa fue la primera vez en mi vida que pude vivir tocando sólo jazz, y me quedé un mes con Javier. La pasamos muy bien. Pero él no quiere volver a la Argentina”.

Manal, La Pesada del Rock

En su momento, La Pesada del Rock se convirtió en una monstruosa organización que manipuló música, músicos, dinero y fama con una subestimación en algunos casos cercana a la anarquía: "Durante dos años, todos los que fuimos de la partida de La Pesada la pasamos muy bien, en muchos niveles. La idea de formar La Pesada fue muy buena y parecida a la de los músicos del sello norteamericano CTI, que consistió en constituir un staff de músicos que aparecían en los discos de los demás o funcionando como banda profesional especializada en rock, aunque también hicimos otra música. Desde el 72 al 73, no hubo un sólo día —y esto no es solamente una expresión exagerada— que no estuviéramos en los estudios de grabación trabajando para compañías discográficas distintas. Eso me llevó a mí y a los demás a una situación económica que yo sólo había conseguido con los shows —y no con los discos— de Manal, con el que solía hacer hasta veinticinco por mes. En la época de La Pesada, tenía coche y una casa en Béccar con 500 metros cuadrados de fondo, donde tenía una sala para ensayar cuando quisiera. Todo eso fue lindo, pero nos llevó al exceso que da la abundancia.
"Claro que en los comienzos con Manal nos embaucaron muchas veces. Por ejemplo, de los dos simples más importantes que tuvo Manal, 'No pibe' y 'Jugo de tomate', nunca cobramos nada de Mandioca. Manal no fue un éxito discográfico, el dinero que hicimos en esa época fue por las actuaciones en público. Ya una vez pedí a la compañía discográfica que tuvimos al final de Manal que nos hiciera las cuentas seriamente. Ahora voy a hacer lo mismo, y a partir de allí, si las hacen mal voy a iniciar un juicio. He llegado a un momento en que me doy cuenta de que de nada vale continuar con el romanticismo aquel, sino que hay que estar bien informado, sobre todo para que no te estafen. Esto no implica que uno se convierta en un ejecutivo. Por mi parte, sigo peleando por lo que decidí ser: músico y no comerciante. Otros músicos de los comienzos del rock estaban decididos a hacer dinero a cualquier precio y con cualquier música: yo preferí seguir con ésta de tratar de ser siempre mejor músico para hacer cada vez mejor música."

Index sube

Hace cinco años Gabis emigró a Brasil. Ese fue el indicio de que pretendía dejar atrás algo más que su país natal. El cambio comenzó a vislumbrarse en sus intenciones, finalmente cumplidas, de estudiar en la Berklee School de Boston, y en su música, que desembocó en el jazz progresivo. Ahora con Index, grupo con el que grabó un álbum ("Fiesta para un nuevo rey") que recibió alentadoras críticas de varios países del mundo, su carrera adoptó un giro hacia el profesionalismo y la investigación: "Lo del jazz no es nuevo en mí. Con Manal teníamos temas definitivamente jazzísticos, como 'Avellaneda blues' o 'Avenida Rivadavia'. El primer álbum estaba dentro de esa tendencia, pero ya en el segundo nos pusimos más rockeros. Con Index ahora las cosas están marchando bien. Hubo un cambio de bajista y ahora está constituido por el líder y tecladista Marcos Resende, José Paulo (guitarra rítmica), Mini Paulo (bajo), Wilson Meireles (batería) y yo en primera guitarra. Nos presentamos en el festival de jazz de San Pablo el año pasado. Después fuimos al festival de jazz de Cascais, auspiciados por la embajada brasileña. Cuando yo regrese, en septiembre más precisamente, vamos a empezar a grabar nuestro segundo álbum para Phonogram, y además ya fuimos invitados a participar en el festival de jazz de Río de Janeiro, que parece que será el mismo de Montreaux, y se hará hacia fin de año. Vamos a hacer en octubre un ciclo de diez días en una sala oficial como parte de una serie de ciclos en los que participará también gente como Gismonti y Hermeto. Después haremos una nueva gira por diez universidades ubicadas en los alrededores de Río. Fuimos invitados al festival de jazz de Edimburgo, Escocia, junto a Gismonti y el Zimbo Trío. Y espero que antes de fin de año podamos arreglar la venida del grupo a la Argentina, que es una de mis ambiciones desde que vivo en Brasil."



La única música nueva.

Transcurrió mucho tiempo desde que el rock del que emergieron Manal y Gabis se caracterizaba por una mezcla de romanticismo, caos y bohemia. La música que se produjo entonces en la actualidad sólo queda como un antecedente nostálgico: "Antes era distinto. Cuando sucedió todo el fenómeno del rock a nivel internacional, el poder de las compañías discográficas no era ni la mitad de lo que es ahora. A fines del '68 todavía eran vulnerables, y el movimiento que surgió en esa época supo captar eso. Hoy sería imposible. El rock aquel está muerto; en la actualidad todo se ha profesionalizado y depurado al mismo ritmo en que lo hizo la industria del disco. Antes de venir a la Argentina estuve leyendo el Jornal do Brasil, un diario muy importante allá, que daba la cifra del 8 por ciento de todo el mercado discográfico norteamericano para el jazz, que es tal vez la única música que continúa investigando. Pero la magia de antes se ha perdido. En Brasil se está produciendo la única música nueva del mundo, porque en el resto de los países siguen estando los mismos de siempre, como ocurre en el rock. Para los músicos de mi generación la cosa es difícil: la opción es dejarse llevar por cómo se maneja la música de consumo masivo o bien hacer la de uno, vivir dando clases y de vez en cuando haciendo conciertos con la música que a nosotros nos interesa. Ese es mi caso y el de Jorge Pinchevsky, con quien me encontré en París. Me comentaba sobre él el principal productor de rock de Francia —que es un tipo de 23 años muy macanudo— que a ningún extranjero se le abrieron las puertas como a Jorge, y él desperdició esas oportunidades. Ahora está dando clases y formando su grupo con algunos argentinos, por ejemplo el saxofonista Rubén Alterio (quien pertenece también a uno de los grupos más extraños y exitosos de Francia, compuesto solamente por cuarenta saxos y un coro), Chipi Lagos y otros. En mi caso, elegí ser músico y no puedo negar que me va bien."

7.26.2012

Los días de Kubero Díaz



Con apenas 15 años Kubero, descubrió a Los Beatles y eso le cambió la cabeza. Al igual que su padre ambos tocaban la guitarra, pero de niño interpretaba folklore. En su ciudad natal: Nogoyá (Entre Ríos) Kubero se acopló junto a Morci Requena, y otros mayores que él, a un primigenio grupo que emulaban a los de la Caverna de Liverpool. Los Grillos tenían todo el sello de la beatlemanía: trajecitos, flequillos, etc. Pero duró poco, ya que tanto Morci como los demás integrantes se vinieron para La Plata a estudiar en la Universidad. Kubero se quedó en Nogoyá, pero en poco tiempo también decidió probar suerte en la ciudad de las diagonales.
En La Plata se radicó en la casa tomada que la comunitaria Cofradía de la Flor Solar tenía, pero Kubero a diferencia del resto no vino a estudiar. En la terraza, tomaba mate y tocaba la guitarra todo el día, y fue ahí donde compuso muchos de los temas que luego la banda emergente de la comunidad realizaría. Luego consiguió trabajar como músico en una boite, cosa que le alivió la situación, ya que como el mismo contó alguna vez, sólo comía pan duro. Por no ser estudiante tampoco podía ir al comedor universitario.
Kubero sería el guitarrista, vocalista y principal compositor de la Cofradía de la Flor Solar, aquella legendaria y mítica agrupación platense enrolada en los sonidos del rock y la psicodelia. 
Luego junto a otros cofrades como Jorge Pinchevsky e Isa Portugheis, formaría parte de la Pesada del Rock, liderada por Billy Bond. Con esta formación grabaría su disco: Kubero y la Pesada en 1973.
Luego el exilio en Ibiza, donde Kubero tocaría junto a Miguel Abuelo, Miguel Cantilo, y otros músicos en variados proyectos.
En 1986 Kubero regresaría al país para ser parte de la última formación de Los Abuelos de la Nada, y su amigo Miguel, le dedicaría el tema: Los días de Kubero Díaz, donde entre otras cosas Abuelo decía: “Mi entrerrianito, luz, cruz en vida. Largá un poquito de melodía”