Introducción
Una vez que arranca el pogo más grande del mundo, no hay
vuelta atrás. El que duda se cae. El que se queda quieto desaparece. No hay tiempo
para pensar. Solo saltar, empujar y moverse en oleadas.
Lenin lo escribió en Consejos de un ausente, a las
apuradas, antes de la toma del Palacio de Invierno: una vez iniciada la
insurrección, hay que ir hasta el final. La defensiva es la muerte. Y remataba
con Dantón: "Audacia, audacia y siempre audacia".
Ni Lenin ni Danton explicaron el pogo. Es al revés. El
pogo te explica lo que ellos dijeron. Porque lo que pasa en ese solo de Jijiji,
cuando el saxo de Dawi larga la primera nota y la masa se convierte en
protagonista, es lo mismo que quería decir Dantón pero sin palabras. Puro
cuerpo. Puro salto. Pura audacia.
Oktubre (1986)
abre con "Fuegos de Octubre".
“De regreso a
Octubre (desde Octubre) / Sin un estandarte de mi parte… / Te prefiero igual,
Internacional."
No es una declaración venida de la III ni de la VI. Es la confesión de un hombre que vuelve a la cita
con la historia sin insignias partidarias, pero con una lealtad intacta a eso
que alguna vez se llamó la Internacional. Una Internacional sin carnet, sin
comité central, hecha de música, de cuerpos y de un deseo de liberación que se
cuela entre las estrofas.
En la tapa del disco, banderas rojas. Oktubre con "k"
es un guiño inequívoco al Octubre Rojo bolchevique de 1917. Pero sin comisarios
del pueblo ni soviets de diputados. La revolución que se propone es otra, y su
campo de batalla es el campo del baile masivo. La misa ricotera.
El momento en
que la palabra se rinde
Dentro de Oktubre está "Jijiji". Y dentro de
"Jijiji", escondido en el centro de la canción, está el pogo más
grande del mundo. Esa intensa melodía que lo desata se da en ese solo
instrumental que Skay definió como "música gitana". La voz del Indio
desaparece y lo que irrumpe es un diálogo frenético entre la guitarra y el
saxo, una danza que se acelera como un carro desbocado. El Indio ya lo
anticipó: "ahora se viene el pogo más grande del mundo". Después se
calla y deja que la música haga lo suyo. Ahí, justo ahí, la masa pasa a ser la
protagonista. Miles de personas saltan al unísono. La banda sigue sonando, pero
la ceremonia ya no es de los músicos: es de los cuerpos que se mueven al compás
de una melodía que no es triste ni alegre, es maníaco-depresiva, pero donde la
manía aplasta a la melancolía y todo es vértigo, aceleración, rojo y gitano. La
palabra se rinde. El cuerpo avanza.
Las reglas de la
insurrección
En octubre de 1917, Vladimir Ilich Lenin escribió un
texto urgente desde la clandestinidad. Lo tituló Consejos de un ausente (o Consejos
de un espectador). Ahí, a días del asalto al Palacio de Invierno, repasó
las enseñanzas de Marx sobre el arte de la insurrección. Y remató con una cita
que había hecho famosa Dantón, el revolucionario francés:
"Audacia, audacia y siempre audacia."
Las reglas que Lenin enumera en ese texto son de una
precisión quirúrgica. No se puede evitar leerlas con el oído puesto en el célebre
solo de Jijiji.
"No jugar nunca a la insurrección, pero una vez
empezada estar firmemente convencido de que es necesario ir hasta el
final."
El pogo más grande del mundo no es un juego. Se prepara
en el "¡No lo soñé!" gritado a pulmón, se toma envión en el silencio
expectante, y cuando el saxo de Dawi larga la primera nota, ya está. No hay
marcha atrás. El que entra, va a fondo. Dudar es caerse, y peor, es romper el
hechizo colectivo.
"Una vez comenzada la insurrección, se debe proceder
con la mayor decisión y pasar obligatoria e incondicionalmente a la ofensiva.
La defensiva es la muerte de la insurrección".
En el pogo de Jijiji no existe la defensiva. Quedarse
quieto es imposible, correrse a un costado es quedar fuera de la masa, fuera de
la revolución de los cuerpos. La única postura es el salto, el avance vertical,
la entrega total. Cada salto es una pequeña ofensiva contra la gravedad, contra
la razón, contra el afuera.
Defenderse es la
muerte del éxtasis. Atacar, en este caso, es entregarse.
Audacia,
hermano, audacia.
La consigna de Dantón, que Marx hizo propia y que Lenin
repitió como un martillo, es el alma del que se tira a ese remolino. Entrar al
pogo más grande del mundo es un acto de audacia pura. No hay garantías. Confiás
en el desconocido que tenés al lado, te abandonás al ritmo, ponés el cuerpo en
una coreografía que se inventa a cada segundo. Como el militante que sale a la
calle sin saber si vuelve, el que salta en el pogo se juega entero sin red.
Lenin también decía: "Hay que esforzarse por obtener
éxitos diarios, por pequeños que sean, manteniendo a toda costa la superioridad
moral." En el pogo, cada compás ganado es una victoria. Mantenerse en pie,
sostener el salto, no bajar los brazos: todo es parte de la misma superioridad
moral que pedía Lenin para los insurrectos. La moral del que no abandona.
La revolución en
minutos
El solo termina. La banda retoma el riff, el Indio vuelve
a cantar y la vida real —esa que tiene rutas trabadas, ojos de durax lastimado
y lluvia en estocadas finas— te espera afuera. El pogo, como toda insurrección,
es efímero. Un relámpago de belleza colectiva. Pero lo que viviste en ese
minuto y medio es irrefutable. No lo soñaste. Fue real.
En octubre de 1917, el pueblo asaltó el Palacio de
Invierno. En cada recital de los Redondos, el pueblo asalta el silencio y lo
convierte en una danza de saltos. Dos insurrecciones. Una con fusiles, otra con
cuerpos. Las dos necesitan de la audacia. Las dos, en su momento de gloria, no
tienen vuelta atrás.
La Internacional
sin estandarte
El tipo que canta "Fuegos de Octubre" dice que
no tiene estandarte, pero que igual prefiere la Internacional. El estandarte a
veces divide; la Internacional, en el sentido más hondo, une. Y en el pogo más
grande del mundo no hay banderas partidarias. Hay una Internacional del deseo,
del salto compartido, del codo a codo sin pedir nada a cambio.
Una Internacional que empieza con un solo de saxo y se
sostiene a pura audacia. Hasta el próximo salto.
