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6.14.2026

Patricio Rey en el Palacio de Invierno- Audacia, audacia y siempre audacia: cuando el pogo explica la revolución.


Introducción

Una vez que arranca el pogo más grande del mundo, no hay vuelta atrás. El que duda se cae. El que se queda quieto desaparece. No hay tiempo para pensar. Solo saltar, empujar y moverse en oleadas.

Lenin lo escribió en Consejos de un ausente, a las apuradas, antes de la toma del Palacio de Invierno: una vez iniciada la insurrección, hay que ir hasta el final. La defensiva es la muerte. Y remataba con Dantón: "Audacia, audacia y siempre audacia".

Ni Lenin ni Danton explicaron el pogo. Es al revés. El pogo te explica lo que ellos dijeron. Porque lo que pasa en ese solo de Jijiji, cuando el saxo de Dawi larga la primera nota y la masa se convierte en protagonista, es lo mismo que quería decir Dantón pero sin palabras. Puro cuerpo. Puro salto. Pura audacia.

 

 

Oktubre (1986) abre con "Fuegos de Octubre".

“De regreso a Octubre (desde Octubre) / Sin un estandarte de mi parte… / Te prefiero igual, Internacional."

 

No es una declaración venida de la III ni de la VI.  Es la confesión de un hombre que vuelve a la cita con la historia sin insignias partidarias, pero con una lealtad intacta a eso que alguna vez se llamó la Internacional. Una Internacional sin carnet, sin comité central, hecha de música, de cuerpos y de un deseo de liberación que se cuela entre las estrofas.

En la tapa del disco, banderas rojas. Oktubre con "k" es un guiño inequívoco al Octubre Rojo bolchevique de 1917. Pero sin comisarios del pueblo ni soviets de diputados. La revolución que se propone es otra, y su campo de batalla es el campo del baile masivo. La misa ricotera.

 

El momento en que la palabra se rinde

 

Dentro de Oktubre está "Jijiji". Y dentro de "Jijiji", escondido en el centro de la canción, está el pogo más grande del mundo. Esa intensa melodía que lo desata se da en ese solo instrumental que Skay definió como "música gitana". La voz del Indio desaparece y lo que irrumpe es un diálogo frenético entre la guitarra y el saxo, una danza que se acelera como un carro desbocado. El Indio ya lo anticipó: "ahora se viene el pogo más grande del mundo". Después se calla y deja que la música haga lo suyo. Ahí, justo ahí, la masa pasa a ser la protagonista. Miles de personas saltan al unísono. La banda sigue sonando, pero la ceremonia ya no es de los músicos: es de los cuerpos que se mueven al compás de una melodía que no es triste ni alegre, es maníaco-depresiva, pero donde la manía aplasta a la melancolía y todo es vértigo, aceleración, rojo y gitano. La palabra se rinde. El cuerpo avanza.

 

Las reglas de la insurrección

 

En octubre de 1917, Vladimir Ilich Lenin escribió un texto urgente desde la clandestinidad. Lo tituló Consejos de un ausente (o Consejos de un espectador). Ahí, a días del asalto al Palacio de Invierno, repasó las enseñanzas de Marx sobre el arte de la insurrección. Y remató con una cita que había hecho famosa Dantón, el revolucionario francés:

"Audacia, audacia y siempre audacia."

Las reglas que Lenin enumera en ese texto son de una precisión quirúrgica. No se puede evitar leerlas con el oído puesto en el célebre solo de Jijiji.

"No jugar nunca a la insurrección, pero una vez empezada estar firmemente convencido de que es necesario ir hasta el final."

El pogo más grande del mundo no es un juego. Se prepara en el "¡No lo soñé!" gritado a pulmón, se toma envión en el silencio expectante, y cuando el saxo de Dawi larga la primera nota, ya está. No hay marcha atrás. El que entra, va a fondo. Dudar es caerse, y peor, es romper el hechizo colectivo.

"Una vez comenzada la insurrección, se debe proceder con la mayor decisión y pasar obligatoria e incondicionalmente a la ofensiva. La defensiva es la muerte de la insurrección".

En el pogo de Jijiji no existe la defensiva. Quedarse quieto es imposible, correrse a un costado es quedar fuera de la masa, fuera de la revolución de los cuerpos. La única postura es el salto, el avance vertical, la entrega total. Cada salto es una pequeña ofensiva contra la gravedad, contra la razón, contra el afuera.

Defenderse es la muerte del éxtasis. Atacar, en este caso, es entregarse.

Audacia, hermano, audacia.

 

La consigna de Dantón, que Marx hizo propia y que Lenin repitió como un martillo, es el alma del que se tira a ese remolino. Entrar al pogo más grande del mundo es un acto de audacia pura. No hay garantías. Confiás en el desconocido que tenés al lado, te abandonás al ritmo, ponés el cuerpo en una coreografía que se inventa a cada segundo. Como el militante que sale a la calle sin saber si vuelve, el que salta en el pogo se juega entero sin red.

Lenin también decía: "Hay que esforzarse por obtener éxitos diarios, por pequeños que sean, manteniendo a toda costa la superioridad moral." En el pogo, cada compás ganado es una victoria. Mantenerse en pie, sostener el salto, no bajar los brazos: todo es parte de la misma superioridad moral que pedía Lenin para los insurrectos. La moral del que no abandona.

 

La revolución en minutos

 

El solo termina. La banda retoma el riff, el Indio vuelve a cantar y la vida real —esa que tiene rutas trabadas, ojos de durax lastimado y lluvia en estocadas finas— te espera afuera. El pogo, como toda insurrección, es efímero. Un relámpago de belleza colectiva. Pero lo que viviste en ese minuto y medio es irrefutable. No lo soñaste. Fue real.

En octubre de 1917, el pueblo asaltó el Palacio de Invierno. En cada recital de los Redondos, el pueblo asalta el silencio y lo convierte en una danza de saltos. Dos insurrecciones. Una con fusiles, otra con cuerpos. Las dos necesitan de la audacia. Las dos, en su momento de gloria, no tienen vuelta atrás.

La Internacional sin estandarte

 

El tipo que canta "Fuegos de Octubre" dice que no tiene estandarte, pero que igual prefiere la Internacional. El estandarte a veces divide; la Internacional, en el sentido más hondo, une. Y en el pogo más grande del mundo no hay banderas partidarias. Hay una Internacional del deseo, del salto compartido, del codo a codo sin pedir nada a cambio.

Una Internacional que empieza con un solo de saxo y se sostiene a pura audacia. Hasta el próximo salto.

4.08.2014

El Lozano: el teatro donde todo comenzó

Nota publicada originalmente en la Revista Sudestada

Hay lugares que tienen nombres conocidos, sitios a los que se los asocia con determinados hechos o personajes, pero poco se sabe de sus particularidades, de cómo ciertos envases, moldean y a su vez representan a los productos que llevan adentro. El Teatro Lozano de la ciudad de la Plata es un ejemplo de eso. Sí no fuera por la trascendencia que alcanzó por el hecho indiscutido de que ahí se produjeran las primeras presentaciones del emblemático Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, su nombre sería desconocido hasta incluso por muchos habitantes de la ciudad de las diagonales. Los llamados “Lozanazos” se asocian indefectiblemente a dicha banda de rock, pero lo que acontecía en aquel pequeño teatro durante los años ’70 fue bastante más,  fue uno de esos sitios que albergaron a muchas de las principales expresiones de de la contracultura platense, entre ellas a los Redondos.
El teatro, o para ser más precisos el Salón Cultural Lozano, ubicado en la calle 11 entre 45 y 46, es un lugar perteneciente a la Agremiación Bonaerense de Empleados de Reunión del Hipódromo de La Plata, una entidad gremial con un largo antecedente de luchas y solidaridades.  El teatro está considerado por los trabajadores del sector como un factor de sostenimiento económico y verdadero orgullo de la agremiación.
Carlos Mariño uno de los precursores del rock platense, no por ser precisamente músico, sino por sus programas radiales, por ser un organizador de eventos, y sonidista entre varias cosas más; en 1972 les alquiló a los empleados por reunión del hipódromo el emblemático teatrito. Una vez por semana iría a presentar a alguna de las bandas del under platense. Según contaba Carlos por aquel entonces la mayoría de los grupos de rock de la ciudad no estaban afiliados al sindicato de los músicos, y esto hacía que fueran perseguidos y que no los dejasen tocar. En Buenos Aires era mucho más fácil entrar al gremio, pero en La Plata los requisitos eran tantos que ningún rocker aceptaba esos condicionamientos burocráticos. De esa forma realizar lo que propiamente se podría llamar un recital era casi una ceremonia clandestina, o camuflada con otros condimentos, principalmente expresiones culturales como teatro, poesía, muestras artísticas, etc. Y lo del sindicato de músicos no era pavada, una vez iba a presentarse en el Lozano una banda de Ensenada que se llamaba La Primera Flor que brotó después de la nevada, y cuando llegaron al lugar los estaban esperando con un patrullero. Burocracia sindical y policía de la mano.  No era para menos que muchos de ese sindicato eran músicos integrantes  de las bandas de la Marina y el Ejército. Tanto es así que los integrantes de la Cofradía de la Flor Solar tuvieron que afiliarse en Buenos Aires.
Eso sí, los que comenzaron a organizar eventos en el Lozano, metieron mano y tuvieron el permiso de los propietarios para hacer algunas cambios. Por ejemplo -según contaba Mariño-, la iluminación pasó a ser obra de una cantidad importante de luces de automóviles, faroles de 12 voltios metidos en latas de aceite de 5 litros, que pendían de unas barras de hierro sujetadas al techo. Esas barras se habían construido en la Escuela  Industrial de Berisso.  Las actividades tuvieron algún parate pero retomaron con fuerza a partir de marzo del ’74. Cuando a nivel de la sociedad la cosa se puso más dura, y la represión comenzó a ser moneda corriente, no solamente para los militantes de la izquierda, sino para cualquier cosa que pintase diferente, los grandes recitales en la Plata comenzaron a ser cada vez más espaciados. Ya no llegaban las bandas porteñas al Estadio Atenas, ni era factible hacer festivales ni en el Teatro del bosque, ni en el Comedor Universitario, en donde las bandas locales eran las principales protagonistas. Había que refugiarse en los tugurios, y cuidando que no se sepa que fuera un concierto, ya que los del sindicato de músicos te mandaban a la policía. No tenían ninguna compasión. Entonces eran eventos culturales, no sólo como fachada. Además porque ése era un gusto bastante arraigado en la bohemia platense. Sol de Barro, Ataúd, Liverpool, Experiencia Cósmica, Gusano, Planetas fueron algunos de esos grupos que tocaron en el Lozano desde el ’74, matizando con poetas que leían sus versos, con actores que improvisaban escenas, e incluso con espectáculos infantiles. Durante la semana la mayoría de esos grupos tenían permiso para ensayar en el lugar. El Lozano adecuaba su sala para diversas expresiones artísticas. No solamente era rock lo que se ofrecía, también tango y folklore para gente más grande, así como ciclos de cine, grupos de teatro, exposiciones de plástica y fotografía. Fue en ese escenario donde Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota iniciarían sus célebres ceremonias, con una cantidad importante de miembros que muchas veces rotaban, con dialoguistas y bailarinas que hacían striptease. Mucho se escribió sobre el antecedente de la Cofradía de la Flor Solar, pero si los Redondos musicalmente tuvieron algún predecesor, ese fue Billy Bond con su Pesada del Rock, que desde el ‘72 orbitaban por La Plata, e incluso ensayaban en una casa de Punta Lara, habiendo  incorporado a su formación a algunos ex integrantes de la Cofradía, como Kubero Díaz, Jorge Pinchevsky e Isa Portugheis. En el ’74 cuando la mano se puso dura muchos de ellos emigrarían a Europa. Y no era para menos, ya que por esos años anteriores al golpe de Estado del ’76 las patotas parapoliciales y fascistas, asediaban a todo lo que pareciera ir a contramano de la moralina social, en una ciudad en la que se convivía con una clase media bastante conservadora y reaccionaria.
Entrada ya la dictadura, allá por el ’77 la ciudad de La Plata se había vuelto grisácea y descolorida. La dictadura había golpeado muy duro en la región, mucho más que en otros sitios. Todo el empuje contracultural de años atrás había quedado reducido a pequeños tugurios, donde se pudiera ejercer cierta resistencia. Aquella “Pálida ciudad” que habían entonado Billy Bond y la Pesada del Rock, ya no sonaba ni en las diagonales, ni en la ribera. Aquel tema de Kubero, desde el silencio cobraba mucha mayor vigencia. Tan pálida se había vuelto la ciudad que ya ni siquiera era posible decirlo. Si bien el sol podía salir, su brillo estaba opacado y era preferible la noche, a pesar de sus peligros. Los sobrevivientes disimulaban su condición, a sabiendas de que a muchos amigos los habían perdido. El rock y la cultura ocuparon un lugar de resistencia, a condición de no masificarse. Los milicos no podían liquidar todo, porque menos, ya era mucho.
Durante los últimos meses del  ’77 Mariño consiguió un socio especial para darle un nuevo empuje al Lozano. Un escribano platense, de considerable billetera, y de renombre. Éste quiso ponerle  fichas a algo que para él era completamente desconocido, pero atractivo. Algunas nuevas remodelaciones, se hicieron y programaron otras actividades. El suplemento Imagen Platense del diario El Día, les brindó una hoja de una de sus publicaciones. El escribano tenía sus influencias. Fue así que llegaron al Lozano los cómicos Juan Carlos Mesa y los hermanos Basurto.  Pero también se daban hechos que no hay que dejar pasar por alto. Una vez se llevó la clásica obra "Pabellón 7" de Paul Vanderberg que interpretaba el actor Alberto Mazzini, una obra que mostraba la prisión y los avatares que suceden en ella. Justo enfrente del teatro está el Instituto Inmaculada, un tradicional colegio católico femenino, de los más caros; y el cura encargado se cruzó la calle para reclamar que esa obra no se realice más porque era una perversión, un mal ejemplo para las señoritas que cursaban en su institución. Obviamente no fue escuchado. Durante las presentaciones de Patricio Rey no pocas veces cayeron de Inteligencia y se suspendían las actividades. Un hecho bastante peculiar fue cuando se realizó un evento que contaba con la presencia de Armando Tejada Gómez y Hamlet Lima Quintana, que se denominaba “El Show de la Palabra”. El casero del teatro recibió un llamado telefónico en el cual decían que iba a explotar una bomba debajo del escenario. Rápidamente evacuaron el lugar y tras ir los de la brigada de explosivos, comprobaron que no había nada. Todos de nuevo adentro para que el show se haga.
Cuando los principales protagonistas de los eventos en el Lozano recuerdan aquellos tiempos no dejan de señalar la sana complicidad del gremio de empleados de reunión del hipódromo. Ningún otro locador hubiera dejado que se haga tanto, y que a su vez todo eso los comprometa. Mariño recuerda que el hijo del casero es uno de los treinta mil desparecidos y que siempre se prendía de todas las movidas que allí se hacían.

Tras la gira que los Redondos hicieran por Salta, más precisamente en el ya célebre Bar El Polaco, a su regreso ya siendo el ’78 volvieron a presentarse en el Lozano. El suplemento dominical del diario El Día decía en esa oportunidad: “Patricio Rey es una banda que hace un tipo de música nueva para nuestro país, con ciertas reminiscencias de la música de California, y, paradojalmente, también del punk rock, todo eso pasado por el tamiz de lo nacional, aquello con influencias de La Pesada y letras que se entienden y quieren decir algo” señalando luego que  “Esperamos que tanta ansiedad por parte del público rockero sea bien correspondida por Patricio. Lo esperamos por el público, por nosotros, y por el rock local, que este año parece querer salir de un largo letargo en el que parecía sumido. Será una cita con la música y además, suponemos, con todos los viejos popes de la música local y porteña, que esperan, igual que Imagen Platense, que Patricio sea todo lo que parece que es”.

4.21.2013

El violín del diablo

Jorge y su padre el tranviario Jaime


El nombre de Jorge Pinchevsky está asociado a un tiempo mítico de la historia del rock argentino, por haber sido su primer violinista, y por haber formado parte de legendarias agrupaciones como fueron La Cofradía de la Flor Solar y la Pesada del Rock and Roll liderada por Billy Bond. Menos conocida es su trayectoria en el exilio europeo, y la de sus últimos años cuando parecía haber ingresado en el olvido de todos aquellos que a principios de los ’70 lo tenían como a un ícono de la música progresiva local. El encuentro de Pinchevsky y el rock no fue convencional, no fue el del joven que se inicia en la ejecución de un instrumento musical; fue el de un músico experimentado y fogueado en diferentes estilos, a pesar de su juventud, que al descubrir lo nuevo que emergía le aportó un plus incomparable.
Jaime Tito Pinchevsky era un joven anarquista rosarino que, allá por los ’40, decidió buscar fortuna en La Plata. Junto a Sara, su mujer, y al pequeño Jorge, hijo de ambos, que había nacido en 1943 también en la Chicago argentina, se instalarían en una vieja casa situada en Diagonal 74 y 57. Allí, Jaime, tras conseguir trabajo como conductor de las líneas 5 y 25 del tranvía, sería padre de dos hijos más, Eduardo y Carlos. Este último es quien contó una cantidad de historias con las cuales este texto comenzó a tejerse.
Tito tenía muchas lecturas encima y era un apasionado por la música clásica. Mientras manejaba el tranvía, una vez fue sorprendido cerca de la parroquia del Sagrado Corazón silbando el Ave María de Schubert por el párroco Roberto Lodigiani, quien posteriormente, además de arzobispo, fuera el fundador de Cáritas. El futuro monseñor no podía creer que un tranviario conociera esa melodía, y tras conversar entre ellos entablaron cierta amistad, ya que Lodigiani viajaba asiduamente en ese transporte.
El sótano de la casa de Jaime se fue convirtiendo en un sitio de referencia, ya que ahí se juntaban varios anarquistas platenses, que además de reuniones conspirativas, también jugaban al ajedrez, comentaban libros de Rudolf Rockker y escuchaban música. El célebre activista libertario José Grunfeld, tío de Tito, solía dar charlas formativas a los que ahí se reunían. Jorgito pasó sus primeros años de vida en ese clima, y tal vez esa fue la matriz principal para llegar a ser ese primer violinista que tuvo el rock argentino, en un tiempo donde éste era parte de la contracultura. Por paradójico que resulte, don Jaime hubiera querido que Jorgito fuera un violinista del estilo del célebre Yehudi Menuhin, quien a muy corta edad parecía biológicamente dotado para ejecutar el instrumento de cuerdas. Jorgito daba la sensación de seguir el mismo camino, ya que a los cuatro años, cuando escuchaba los discos de música clásica de su padre, le preguntaba por un sonido que se le recortaba en sus oídos de la totalidad, y eso coincidía con el sonido del violín. “¿Papá qué es eso?”. y eso era el sonido del instrumento de cuerdas del cual Jorgito sería un eximio ejecutante. Pero como el nene se había vuelto insistente con esa pregunta, Tito, entusiasmado, se lo comentó a su otro tío, el doctor Rafael Grinfeld (hermano de José Grunfeld, quienes por culpa del registro civil tendrían en el apellido una vocal de diferencia). Rafael, además de ser un investigador de talla en Física nuclear y haber traducido a Einstein al castellano, era alguien bastante relacionado, y fue así que, además de comprarle el violín a su sobrino nieto, contactó a Jaime con su amigo, el maestro Humberto Carfi, para que le diera clases al niño.
El padre y su hijo de cinco años con instrumento nuevo fueron a verlo a Carfi. Lo primero que le pidió el maestro al niño fue que tomara el violín y lo colocara como si fuera a tocar. Al verlo, no dudó un segundo, asegurándole a Jaime que su hijo tenía condiciones para ser un gran violinista, y que él le iría a dar clases preparatorias para que Jorge ingresara al Conservatorio Provincial.
A los 13 años, cuando Alberto Ginastera era director del Conservatorio, Jorge egresaría realizando una presentación en el aula magna del Colegio Nacional, formando un trío junto a Alberto Portugheis en piano y Alberto Lysy en viola. Escribir sobre ellos llevaría un capítulo aparte ya que estos dos platenses se convertirían con el tiempo en afamados músicos clásicos de trascendencia internacional.
Pero el sueño de don Tito de que su hijo mayor fuera un gran violinista clásico, de a poco comenzó a desvanecerse. Con apenas 14 años Jorge iniciaría una deriva musical, que más de diez años después lo ligaría al incipiente rock argentino, cuando iría a encontrase con La Cofradía de la Flor Solar y un extraño violín hecho de metal con forma de ballesta.
Pinchevsky se sumaría a la orquesta típica del pianista Horacio del Bueno, y recorrería varias localidades de la provincia durante los bailes de carnaval. La relación de Jorge con el tango fue muy estrecha, e incluso siguió cultivando la música ciudadana, hasta los últimos años de su vida. Cuando en su exilio formara parte de Gong, una legendaria banda de jazz rock progresivo anglofrancesa, en uno de los temas del disco Shamal realizado en 1976 y que fuera producido por Nick Mason de Pink Floyd, Pin irrumpía con el sonido del violín interpretando un tango bien canyengue y recitando en voz baja sobre “el gato del arrabal que vio llegar a la morocha por el empedrado”.
Pero al tango también le sumó la formación de un dúo junto al guitarrista Raúl Maure, con quien realizaban un extraño mix de estilos que iban desde un folklore camelero, donde confluían la ranchera y el clásico Pájaro Campana con música gitana, bolero, bossa nova, paso doble y las Sardas de Monti. Con Maure tocaban en los cabarets, principalmente en Las Brujas de Ensenada, y en el Première de Diagonal 80 y 115. También si alguien se los encargaba eran capaces de arrimarse hasta algún balcón para tocar una serenata. A don Jaime todo esto ya no le gustaba nada. Él, que había pretendido un hijo que fuera como Yehudi Menuhin, y protestaba cuando le llegaba la cuenta de teléfono y se enteraba así que Jorge llamaba a sus novias para darles largos conciertos telefónicos. De todas formas, Tito le recomendó a su hijo que cambiara su nombre por uno artístico para presentarse con el dúo. Pinchevsky era un apellido muy ruso para eso, y así el nombre del violinista sería Jorge Durán, y el dúo Durán-Maure.
Un amigo contó que, allá por el ’67, fue exclusivamente a escuchar en el viejo cabaret de 7 y 32, más conocido como El Violín de Mi Tía, a ese asombroso par de músicos mientras el resto de los parroquianos se entretenían tomando whiscola junto a las coperas, sin prestarles demasiada atención. Quien tuvo la suerte de poder escucharlos e incluso compartir la mesa de aquel antro plagado por el humo del cigarrillo, recuerda haber disfrutado junto a ellos de una botella de Bols, la afamada ginebra que “entona y sienta bien”, según versaba la publicidad de la época.
Por la madrugada llegó la policía a pedir documentos y, tremendo detalle, quien había ido a conocer la música del dúo era menor y terminaría en un patrullero, deportado a su casa, previo paso por un juzgado de menores, y ahí fue cuando apareció el gesto de Pinchevsky, al enterarse de la situación. Se sentó al lado del muchacho y le dijo al uniformado: “Es mi primo, por la madrugada sale para Chivilcoy, no tenía dónde pasar la noche y lo traje conmigo. Yo me hago responsable...”. El policía los miró a los dos, y debiendo haber pensado que era impropio quedar mal con un artista admirado por la concurrencia, le dijo “está bien, pero no lo deje solo, no es ambiente para un pibe...”.
La otra veta ya señalada de Pinchevsky fue la del tango, y además de tocar con Del Bueno lo hizo con José Pepe Basso. En la escuela musical que éste tenía en 2 y 44, Jorge enseñaba: teoría, solfeo, vocalización, armonía y contrapunto. Mientras tanto también trabajaba como colectivero de la Línea 13, que era la que unía a La Plata con Ensenada.
La llegada del violinista al mundo del rock es la historia más conocida, y por la cual se hizo conocido, a pesar de pasar sus últimos años casi en el olvido.

2.23.2013

El mito de la "ballesta" y el violinista de rock


Allá por el ’71 según nos cuenta Carlitos Pinchevsky, él y su hermano Jorge: el violinista que por entonces todavía no había llegado al rock, ambos estaban tomando algo en un bar de 7 entre 50 y 51, más precisamente arriba del viejo bowling que estaba en el sótano de la galería San Martín, cuando pasó por ahí el Mono Cohen. Cuando los vio entró y se dirigió en particular al violinista. Ellos se conocían desde hacía bastante tiempo. ¿Qué le dijo? que tenía un extraño violín metálico y eléctrico en la casa de la Cofradía de la Flor Solar y que nadie sabía cómo hacer para tocar música con eso, que lo había probado Quique Gornatti, pero nada, era algo imposible. 
El Mono le pidió a Pin si podía acercarse a la casona de 122 y 72 bis, y ver si él podía hacer algo. Los tres se levantaron de la mesa, y se fueron para allá.
El instrumento conocido en aquella época como la ballesta, por su forma, era algo que había construido un brasileño que había pasado por ahí, y luego desapareció.
El violinista conectó el instrumento y se puso a tocar, y se quedó haciéndolo toda la noche sin parar, mientras Carlitos ya cansado, dijo “yo me voy, que se quede tocando”.
A partir de ese momento, surgía en la Argentina el primer violinista de rock.
Según cuenta Nancy Geymonat, última compañera de Pin, éste alguna vez le dijo que el brasileño que había construido el extraño instrumento, terminó en un loquero, y que cuando el violinista se exilió en Europa, la ballesta quedó perdida en el viejo continente.

11.22.2012

El Lozano y la resistencia cultural a la dictadura


Allá por el ’77 la ciudad de La Plata se había vuelto grisácea y descolorida. La dictadura había golpeado muy duro en está región, mucho más que en otros sitios. Todo el empuje contracultural de años atrás había quedado reducido a pequeños tugurios, donde poder ejercer cierta resistencia. Aquella “Pálida ciudad” que habían entonado Billy Bond y la Pesada del Rock, ni siquiera ya sonaba ni en las diagonales, ni en la ribera. El tema de la Cofradía desde el silencio cobraba mucho mayor vigencia.

Si bien el sol podía salir, su brillo estaba opacado y era preferible la noche, a pesar de sus peligros. Los sobrevivientes disimulaban su condición, a sabiendas que a muchos amigos los habían perdido. El rock y la cultura ocuparon un lugar de resistencia, a condición de no masificarse. Los milicos no podían liquidar todo, porque menos ya era mucho.

En los últimos meses del ’77 se incorporaba el Teatro Lozano de 11 e/45 y 46 a la red de lugares donde se podían escuchar grupos de rock, o distintas manifestaciones culturales. Se sumaba así a lo que ya brindaban el Opera, la AMIA, o el Astro.

Capitaneado por Carlos Mariño, el Lozano adecuaba su sala para diversas expresiones artísticas. No solamente rock era lo que se ofrecía, también tango y folklore para gente más grande, así como ciclos de cine, grupos de teatro, exposiciones de plástica y fotografía.
En el ’78 el Lozano sería el lugar donde se presentaría la entonces emblemática banda de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, la cual venía de un viaje por norte del país, más precisamente de Salta, habiéndose presentado en el ya mítico boliche del Polaco.

9.23.2012

Hongo Atómico


Corría el año ’73 cuando a la Argentina llegaba una nueva modalidad del rock, el progresivo y sinfónico. Los nuevos agrupamientos si bien venían muy influenciados por el hard rock de Led Zeppelín, Deep Puple y Black Sabbath, ahora se volvían proclives a escuchar bandas como Yes, Genesis y King Crimson, y a partir de ello intentaban construir un estilo de ese porte.

Pero bucear en lo progresivo, les llevaba a los que lo intentaban hacer, largas horas de ensayo, composición, búsquedas y ajustes sonoros. En La Plata uno de estos grupos fue Hongo Atómico. Llevaron casi un año en definir el sonido para salir al ruedo, en largas horas de sesión y ensayo en la vieja casa de 71 entre 23 y 24.
El Hongo tenía dos guitarristas, pero los dos fraseaban como primera guitarra, en un complemento verdaderamente asombroso, ellos eran Miguel López Muntaner y Víctor Videla. El bajista era el ensenadense José Luis Borza quien antes había sido parte de Tonelada, y el batero era Omar Farías.

Miguel quien antes había formado parte de la banda Caramelo, cuenta que Hongo Atómico buscaba la perfección musical, y que los riffs y acordes del bajo de Borza muy influido por el bajista Roger Glover de Deep Purple, eran mazazos en la melodía sinfónica, un cóctel verdaderamente explosivo.

Cuando el grupo ensayaba en la calle 71, se acercaban muchos a escucharlos ahí mismo, convirtiendo a la casa en un verdadero lugar de encuentro. Una modalidad de aquel tiempo que hoy ya no existe.

8.23.2012

Quique Gornatti


Si bien Quique Gornatti, nació y se crió en la ciudad de Nueve de Julio, Provincia de Buenos Aires, al terminar el secundario se vino a estudiar Arquitectura a La Plata, y se ligó al mundillo del rock local. Pero su afición por la música venía desde la niñez, ya que a los 9 años comenzó a estudiar piano y guitarra. Entonces, tocaba el piano de su madre y buscaba inspiración en la música que escuchaba por la radio. A los doce años le regalaron su primera guitarra eléctrica: una Fratti de un micrófono, y formaría con amigos en primer lugar el grupo The West Indian, y luego Los Drawers. Con esas agrupaciones tocarían en fiestas, cumpleaños, y bares de Nueve de Julio, y poblaciones aledañas.
Cuando llegó a La Plata conoció la Cofradía de la Flor Solar, y se incorporó tocando la guitarra rítmica, pero también formando otros grupos como Sol y el Ice Cream Trío. El que escribe se sorprendió gratamente allá por el ’72 cuando en un festival realizado en el viejo Comedor Universitario de 1 y 50, donde hoy está la facultad de Odontología, pudo escuchar al trío Sol, donde Quique Gornatti además de tocar la guitarra, era su vocalista. Siempre me quedó en la memoria un tema que supondría que se llamaba “Ella está pensando”, ya que así comenzaba la letra de un blues-rock duro, que tras preguntarse el intérprete qué era lo que ella pensaba, concluía dándose cuenta que lo que ella quería, era amar. El trío sonaba  muy bien, con ese sonido pesado que caracterizaba a los primeros años setenta, donde Zeppelín y Hendrix eran influencias decisivas.
Gornatti tocaría también con Billy Bond y la pesada, pero se exiliaría en España, donde junto a Miguel Cantilo, y los también ex cofrades Morci Requena, e Isa Portugheis formarían aquel grupo llamado Punch, que se había inclinado por el nuevo sonido new wave. Con Punch retornarían al país allá por los ochenta. 

7.26.2012

Los días de Kubero Díaz



Con apenas 15 años Kubero, descubrió a Los Beatles y eso le cambió la cabeza. Al igual que su padre ambos tocaban la guitarra, pero de niño interpretaba folklore. En su ciudad natal: Nogoyá (Entre Ríos) Kubero se acopló junto a Morci Requena, y otros mayores que él, a un primigenio grupo que emulaban a los de la Caverna de Liverpool. Los Grillos tenían todo el sello de la beatlemanía: trajecitos, flequillos, etc. Pero duró poco, ya que tanto Morci como los demás integrantes se vinieron para La Plata a estudiar en la Universidad. Kubero se quedó en Nogoyá, pero en poco tiempo también decidió probar suerte en la ciudad de las diagonales.
En La Plata se radicó en la casa tomada que la comunitaria Cofradía de la Flor Solar tenía, pero Kubero a diferencia del resto no vino a estudiar. En la terraza, tomaba mate y tocaba la guitarra todo el día, y fue ahí donde compuso muchos de los temas que luego la banda emergente de la comunidad realizaría. Luego consiguió trabajar como músico en una boite, cosa que le alivió la situación, ya que como el mismo contó alguna vez, sólo comía pan duro. Por no ser estudiante tampoco podía ir al comedor universitario.
Kubero sería el guitarrista, vocalista y principal compositor de la Cofradía de la Flor Solar, aquella legendaria y mítica agrupación platense enrolada en los sonidos del rock y la psicodelia. 
Luego junto a otros cofrades como Jorge Pinchevsky e Isa Portugheis, formaría parte de la Pesada del Rock, liderada por Billy Bond. Con esta formación grabaría su disco: Kubero y la Pesada en 1973.
Luego el exilio en Ibiza, donde Kubero tocaría junto a Miguel Abuelo, Miguel Cantilo, y otros músicos en variados proyectos.
En 1986 Kubero regresaría al país para ser parte de la última formación de Los Abuelos de la Nada, y su amigo Miguel, le dedicaría el tema: Los días de Kubero Díaz, donde entre otras cosas Abuelo decía: “Mi entrerrianito, luz, cruz en vida. Largá un poquito de melodía”

5.29.2012

Coleccionistas de discos de rock


Después de más de 40 años volví a ver Vargtimmen (La hora del lobo), una película de excepción del notable cineasta sueco Ingmar Bergman. Una verdadera obra de culto, que en aquel tiempo pude verla en el viejo cine Cervantes, de la calle 51 e/11 y 12. Viene a cuento porque fuimos junto a un compañero del Colegio Nacional, Fernando San Andrés quien además de saber mucho sobre cine y literatura, era un gran coleccionista de discos de rock. Gracias a él con apenas 14 años uno ya conocía bandas inglesas desconocidas, como The Dave Clark Five o bandas suecas como Ola & The Janglers. Aún no había desembarcado por esta parte del planeta ni el hard rock, ni el rock progresivo, que serían las marcas ineludibles de los primeros años setenta.
Desde una visión estrictamente reducida podría verse al fenómeno del rock solamente como un simple género musical, pero en aquel tiempo iba de la mano de diversas expresiones estéticas de vanguardia, y ser un adicto a esa nueva cultura emergente implicaba no solamente tocar un instrumento, sino ser parte de otras formas, tales como escribir en ciertas publicaciones underground, organizar recitales, y sobre todo coleccionar discos, que luego se intercambiaban con los pares, ya que uno solo no podía tener todo, y ya era cada vez más lo que había para escuchar. Un precursor como Carlos Mariño organizaba reuniones para deleitarse con discos importados, los cuales eran bastante difíciles conseguir, y de esta forma se podía escuchar los largas duración de Procol Harum o la primigenia discografía de Deep Purple.
Cuando comienzan las revistas especializadas como Pinup o Pelo, uno iba a descubrir una cantidad de grupos extranjeros que por acá ni siquiera habían sido nombrados.
El que escribe también fue un coleccionista, y de esos que por largas horas se ponían a buscar en la disquería. Debiera haber sido por el ’71 cuando en un negocio próximo a la estación de trenes apareció un LP de Eric Burdon & The Animals grabado en vivo en 1965, una verdadera joya que estaba en oferta. Sin dudar un segundo la obra fue comprada, y presta para ser compartida. Todo esto también era parte de la cultura del rock. 

4.25.2012

El Zapa Trío

La zapada era esa reunión donde varios músicos de rock, podían improvisar con sus instrumentos, en busca de experimentación y tal vez de nuevas melodías. Es casi probable que la etimología del término aluda a la zapa, esa herramienta de campo, que rompe la tierra para amasar algo nuevo, como también puede ser que algo tenga que ver con el eximio rocker estadounidense Frank Zappa. Lo cierto es que la zapada formó parte integral del inicio de la cultura del rock.



En Berisso allá por el ’70, se formó el Zapa Trío, integrado por “Memo” Manso en guitarra, Edu Manso en bajo, y el “Bochi” Antonelli en batería. La idea era en primer lugar la búsqueda y la experimentación en un marco de libertad, no homologable al caos. Las influencias eran fundamentales, lo que ellos escuchaban asiduamente: Led Zeppelin, Jimi Hendrix, Frank Zappa, Deep Purple. Por otro lado tener conciencia de los límites que implicaba hacer este tipo de música en el Río de la Plata: saber que los equipos y los instrumentos nunca iban a poder estar a la altura de lo que se jugaba en la Europa de entonces. El desafío era hacer “con lo que hay” lo más digno posible, y con marcas bien locales.
La presentación inaugural fue en el Cine Teatro Victoria de Berisso el 25 de noviembre de 1970, ante una nutrida concurrencia, esos que ya nos movilizábamos para ver bandas de rock y coleccionar vinilos, y que sobre ese interés común comenzábamos a encontrarnos seguido.
Los hermanos Manso, luego formarían parte del Sol de Barro, y hasta hoy están ligados a la música, mientras que el Bochi Antonelli, hoy es uno de los más reconocidos ingenieros de sonido de la región.

4.24.2012

La vida es una herida absurda, y es todo tan fugaz… Pinchevsky y el tango

De Pinchevsky es conocido su ingreso mítico al rock, allí en los inicios de los ’70, formando parte de la Cofradía. Todas las historiografías y relatos aluden a su anterior faceta como músico clásico: Conservatorio, Orquestas Sinfónica, Municipal y de Cámara de la Universidad Nacional de La Plata, pero poco conocida es su incursión en el tango desde su edad adolescente. Pin con catorce años ya recorría con una orquesta típica, los clubes de barrio de La Plata, Berisso y Ensenada durante los bailes de carnaval. El compás del 2 por 4, no fue algo transitorio, ni un accidente, sino una marca que el violinista le dio a toda su obra, no solamente por sus melodías, también fue un compadrito del rock, un “Pollo Ricardo” de la psicodelia.


En su obra hay algunos pasajes muy bien definidos: en Europa integrando Gong, esa increíble banda de jazz rock progresivo, en el disco Shamal de 1976, se puede escuchar una composición llamada Cat in Clark Shoes, un tema que arranca con una impronta bien jazzistica, y que en un punto se transforma en un tango bien canyengue, donde por lo bajo se escucha recitar al violinista: el gato en los zapatos de Clark, era el gato del arrabal que vio llegar a la morocha por el empedrado.
Allá por el ’95 cuando grabó su “Pinchevsky con la Samovar Big Bang", hay dos temas: Adiós Nonino de Piazzolla, y una versión tanguera del estándar de jazz:   "Goodbye Pork Pie Hat " de Charles Mingus y que luego fuera rebautizado como "Theme for Lester Young", y que para la versión pinchevskiana podría haber sido el Tema para el “Polaco” Goyeneche, tan es así que Pin recita ahí La última curda de Troilo y Cátulo Castillo, aludiendo al cantante.
Tuve la oportunidad de presenciar algún tiempo antes de su inesperada partida, un espectáculo propiamente de tango hecho por él solo. A media luz, haciendo frasear un nostálgico violín y recitando, uno de sus fuertes, Pin hizo bailar a las parejas presentes. El comandante fue sin dudas un rocker del arrabal.

4.11.2012

Saludo intergaláctico


Corrían los primeros días de marzo de 2002. Hacía poco más de una semana que con varios amigos y vecinos, habíamos recuperado un viejo club barrial de Berisso, para ponerlo en marcha como un espacio abierto, con un fin principalmente cultural. Había muchas ideas dando vuelta y con un lugar como ese era posible llevarlas adelante, y eso es lo que en el “Honor y Patria” fundado en agosto del ‘45 se sigue haciendo hasta la actualidad.

Por aquellos días se acercó Nancy Geymonat, con la intención de realizar algunos talleres en el club, entre ellos: artesanías y velas. Nancy me comentó que su compañero seguramente se interesaría en hacer muchas cosas en el lugar, y cuando le pregunté quién era, me respondió: Jorge Pinchevsky. Ni le pregunté qué quería hacer, sino que desde ya podía hacerlo. Nancy me respondió que Pin nos esperaba en su programa de radio por FM Difusión, al otro día, y ahí fui lleno de entusiasmo. Caminando hacia la emisora recordaba a aquel violinista de la Cofradía y de la Pesada de Billy Bond, a quien había visto y escuchado allá por los primeros ’70, incontables veces.

En la radio, Pin me dijo hablemos al aire, y que ahí le cuente la idea y el proyecto que teníamos. Eran esos raptos horizontalistas de un viejo anarco hippie formado en la contracultura, y como esa onda me iba, aunque no fuera idéntica a la mía, acepté el juego. Luego de relatarle lo que ya estábamos haciendo, y responderle algunas preguntas, Pin se comprometió al aire, en participar de la movida del club.

Al otro día junto a Nancy se arrimaron, y les presenté a otros de los integrantes. Allí el violinista, agasajó a todos con su saludo intergaláctico, que consistía en dar la mano de una forma diferente, incluyéndonos de hecho en su constelación. El comandante intergaláctico ya era parte también del proyecto.

Comenzó a dar clases de violín, guitarra, bajo y canto. La mayoría de los pibes del barrio se sumaron a sus talleres, y ya proyectaban grandes bandas de rock.

Recuerdo que en su primera clase enseñaba a interpretar con la guitarra aquel legendario tema de Tanguito: Amor de Primavera, una muy bella composición realizada en dos tonos. Pin no solamente enseñaba música, sino que también les hablaba a los pibes sobre la cultura del rock, y eso era un plus que hacía diferencia.

Se nos ocurrió realizar todos los viernes por la noche, un ciclo de charlas sobre la historia del rock argentino. Ahí Pin contaba historias de los primeros tiempos, pasaba música y también tocaba el violín. Lamentablemente no hay registros de todo aquello, ya que hoy sería un material impagable. Pin tampoco tenía precio, aunque por aquellos tiempos viviera con mucho menos de lo justo, aislado en Berisso, de un movimiento que tras casi cuarenta años de existencia por aquel entonces, no pudo dejar de reconocerlo tras su inesperada partida.

Para nosotros era un genio al alcance de la mano, en la cotidianeidad, y como tampoco contábamos con recursos, ya que lo nuestro era a puro pulmón, siempre nos quedó alguna deuda pendiente, más en lo simbólico que en lo económico propiamente dicho. El club era propiamente autónomo, no dependíamos de nadie, cosa que nos acercaba más a los grupos piqueteros de entonces que a cualquier gestión estatal. Este espíritu también lo atraía más al comandante, y cuando le hablaba a gente que se acercaba les decía que estábamos construyendo poder popular, y relataba cuando con los demás integrantes de la pesada del rock, asiduamente concurrían a la parroquia del Padre Mugica en la Villa 31, y se ponían a zapar.

3.20.2012

“Búsqueda” progresiva y sinfónica, allá por el ‘78 en La Plata


Si bien en la primer mitad de la década del ’70, las principales influencias para las bandas locales fueron el hard rock de Zeppelin, Deep Purple o Black Sabbath, para la segunda mitad, la llegada al país del rock progresivo y sinfónico fue decisiva para la conformación de no pocas agrupaciones. Fue así que Yes, Genesis o King Crimson se convirtieron en referentes ineludibles, y La Plata no fue una excepción al respecto.

Casi olvidada, Búsqueda fue una banda extremadamente singular, que llegó a grabar su único disco en el ’78 para el sello CBS Columbia, bajo la dirección artística de Carlos Dattoli.

Integrada por Jorge Fernández Molina, su idicutible líder, en guitarra, mellotron, piano, órgano y voz, Alfredo Muñoz en bajo, Tomás Loidi, en guitarra acústica y voz, Daniel Carrizo en batería, y el “Conejo” Ricardo Renaldi en sintetizadores, Búsqueda dejaría plasmada una muy bella placa, donde alrededor de hermosas baladas, desplegaban todo su arsenal progresivo y sinfónico. Para los críticos de entonces pareció que lo que más importaba era lo pobre de la tapa del LP, y no la aceitada y exquisita confección de sus producciones. Cabe resaltar que hay un tema en el disco que sale de lo común, y es “Muñeco a cuerda”, que además de ser bastante corto, no llega al minuto, es interpretado por Adrián Mercado, guitarrista invitado para tal fin, y a la vez hijo del gran guitarrista platense Domingo Mercado.

Si bien el grupo no volvió a grabar otro larga duración, ellos siguieron por algún tiempo más con algunos cambios en su formación. El bajista Néstor Madrid, quien había sido integrante de Senda y Los Redonditos de Ricota, reemplazaría a Alfredo Muñoz, Guillermo “Memo” Manso que venía de Sol de Barro, se incorporaría como primera guitarra, complementando a Tomi Loidi, mientras que Fernández Molina se abocaría estrictamente a los teclados, ante el alejamiento del Conejo Renaldi.

El grupo descollaba por su tono baladístico con arreglos propios del rock progresivo y sinfónico, pero en sus actuaciones en vivo, cuando llegaba la hora de la zapada, emergía todo lo poderoso de una banda de rock, donde en su base, el hard también era parte de sus influencias.

2.29.2012

Sol de Barro- Rock experimental desde Berisso

“Venimos del barro pero vamos al Sol” o “Necesitamos hacer un Sol del barro” son aproximaciones al nombre de aquella primigenia banda de rock experimental surgida en Berisso por los años setenta. Así lo expresaba Guillermo Manso, “Memo”, cuando me comentaba el origen del grupo. Una aspiración hacia la perfección, y una visión diferente a la que imponía o sigue imponiendo el “caretaje” y la mediocridad.

El 25 de noviembre de 1970 debutaba en el Cine Victoria de Berisso, el Zappa Trío, integrado por Memo en guitarra, Eduardo Manso en bajo y el “Bochi” Antonelli en batería, este último hoy muy reconocido por su labor como sonidista. Ellos hacían free rock, de igual forma como existía el free jazz, el trío metía una pequeña base, para luego imbuirse en la improvisación.

No duró demasiado este trío y Memo constituiría al poco tiempo Sol de Barro, junto a “Saturno” Distéfano en bajo y “Caíto” Geréz en batería. Desde sus inicios las influencias musicales del grupo fueron las mejores: Emerson, Lake & Palmer; Yes; Genesis; Mahavishnu Orchestra. Sus temas fueron siempre instrumentales: “Con la música era suficiente para la expresión”, ésta debía crear cierto clima y la vez hacer compatibles los distintos procesos internos de los músicos como de sus espectadores.

La primera presentación fue en Paxas, un sótano ubicado en 51 entre 10 y 11. Allí compartieron escenario junto a la Cofradía de la Flor Solar, e inmediatamente se presentaron en el programa radial “Persuasivo” conducido por Carlos Mariño, que se emitía por LS11 Radio Provincia. Sol de Barro así comenzaba a rodar todo su rock experimental en la región, e incluso ensayaban en el Pasaje Rodrigo, junto a las proto Redonditos de Ricota, y la banda de jazz rock latino que llevaba el nombre de Salsa Caliente.

Luego el grupo fue experimentando algunos cambios en su formación, Eduardo Manso reemplazó a Satur en el bajo, y también se incorporó otro bajista que hacía de suplente que era Román Báez. Por problemas de estudio, Caíto era suplido a veces por Néstor Gómez “Bujía” en la bata, hoy trabajando como músico en Marbella. Se incorporó Luis Santucci en la ejecución de flauta y violín. Eduardo Manso refiriéndose a la experiencia de Sol de Barro, comentaba que una gran falencia siempre fue la ausencia de un tecladista estable, y mucho más por las influencias del grupo. Fue así que por poco tiempo pasó por el grupo Dante Anzolini, quien hoy es un eximio director de orquesta sinfónica y que en la actualidad es el primer director invitado de la Opera de Linz (Austria). En su lugar se incorporó luego Eduardo Dragowsky.

Sol de Barro fue uno de los grupos estables que hacían su presentación en los Lozanazos, muy conocidos por ser donde debutaran Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Era costumbre que el agrupamiento de Berisso fuera el que cerrara cualquier recital en el Lozano, y la razón principal era que ellos aparecían como los con más ensayo para hacerlo.

Ya en tiempos difíciles por el hecho de la represión Sol de Barro, se iban a presentar en el mismo teatro en un espectáculo de música y poesía junto a Hamlet Lima Quintana y Armando Tejada Gómez, pero la policía desbarató el evento, que había sido ideado por Carlos Mariño. En compensación luego realizaron otro similar con cómicos de la época como Juan Carlos Mezza, Néstor Basurto y Mario Clavel, que no resultaba tan peligroso como el anterior.

De esta forma Sol de Barro desplegaba fundamentalmente sus actuaciones en el Lozano, sin poder llegar a grabar. El grupo prosiguió hasta casi los ochenta, para luego dispersarse, mientras que algunos de sus integrantes emigraron hacia Europa.

Los hermanos Manso cuentan que la inspiración ya se respiraba en su hogar. Memo recuerda que su padre el actor Víctor Manso, se reunía con otros pares a repasar textos, entre quienes estaban Federico Luppi, Lito Cruz y Gustavo Zuleta. Y por otra parte la madre de Memo y Eduardo, Dora Roldán es una reconocida cantante de tango siempre ligada al mundo de la cultura.

12.01.2011

Carlitos Mariño, entre Persuasivo y Patricio Rey. Pasado y presente del rock platense


Carlitos todavía no había hecho la colimba, tenía apenas 18 años, cuando encontró el momento justo para hacer lo que nadie aún documentó, ni patentó. Persuasivo fue el primer programa radial de rock de toda la América Indiolatina, allá por el año ´67, y la emisora fue LS11 Radio Provincia. A pesar de la dictadura iniciada en 1966, la ciudad de La Plata ya comenzaba a generar mucho sedimento contracultural, del cual uno se siente parte, pero sabiendo que indudablemente existían los pioneros y los adelantados, que aún siendo muy jóvenes ya encendían la mecha de los que algunos años después fue una movida extremadamente “grossa”, tanto en lo político como en lo cultural.
Hijo de un dibujante gráfico, Carlitos desde pequeño recibió toda una impronta, que cuando comenzaron a arribar a este margen de la ribera rioplatense, las primeras producciones del rock, para él ello no fue indiferente, y quiso propagarlo a través del sonido radial, y fue ahí donde Persuasivo tomó forma.
Discos inéditos de Deep Purple o de Procol Harum, se escuchaban al aire pero también presentaciones de grupos de la región, que tocaban en vivo en los estudios.
Pero como diría Carlitos Mariño, en aquel tiempo hablábamos de la cultura pop, esa que no reducía la expresión artística a un solo ámbito, sino que la cosa era llegar con ello en diferentes planos a distintos sitios. En 1972, junto a su colega Edgardo Rassio organizan el 1er Festival Persuasivo de la Música Progresiva, en el teatro Martín Fierro, ubicado en los márgenes del lago del bosque platense, y también organizar en algunos lugares, sesiones gratuitas para escuchar música.
Carlitos era, aún lo sigue siendo alguien sumamente multifacético, locutor de radio, productor y operador, fotógrafo, camarógrafo, sonidista, organizador de eventos y a la vez alguien comprometido con lo social. Fue alguien que militó en los últimos tiempos, con gran fuerza la aprobación de la Ley de Medios. De él se pueden escuchar anécdotas diversas, como cuando siendo allá por los setenta, camarógrafo de Canal 2, le ajustó el sonido a José Feliciano, quien le contará su pasión por el rock latino que hacían Carlos Santana, y su hermano Jorge en el grupo Malo, con quienes Feliciano se juntaba a tocar informalmente; o también de Carlitos se puede escuchar cuando, tuvo que exprimir relaciones, para sacarlos de la comisaría a varios integrantes de la Pesada de Billy Bond para que puedan tocar en Atenas, en un recital que tenía fecha y que había sido organizado por él. La tía de Carlitos era una madama que tenía un cabaret en 1 y 62, y su amante era un uniformado de peso, que le hizo la pata para sacarlos del calabozo. Probablemente el famoso Puticlub, haya sido aquel cabaret, donde un día a la semana se hacía rocanrol, donde tocaban según Carlos, músicos tránsfugas como Migoya y Madrid que venían de Senda y luego fueron parte ocasional de los Redondos, o el Topo Rodríguez de Idea de Ensenada.
En el ´73 comenzarían organizados por Mariño, los recitales del Lozano, verdaderos íconos del under platense, y fue unos tres años después que en ese lugar tocarían por primera vez Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, como teloneros del berissense trío Sol de Barro, donde militaban los hermanos Memo y Eduardo Manso.
Cuando los Redondos en 1978 viajan a Salta, para hacer aquella histórica presentación el bar El Polaco, Carlitos sería el sonidista, y casi alma mater del grupo, que perdió desgraciadamente en la vuelta a quien fuera su primera guitarra de entonces, Ricardo Meyer, y que uno puede escuchar en la grabación que anda circulando por la red, fraseando con la viola, un tremendo riff en Maldición va ser un día hermoso.
Mariño posteriormente, en tiempos más difíciles, se replegó en pequeños antros como el que tenía en Berisso a una cuadra de Montevideo y 13, para el lado del monte, donde funcionaba el Club Victoria y posteriormente Candombe en 6, muy cerca de Plaza Italia. Cuando en 1982 muchos músicos de rock acceden a ser partícipes de aquel gran festival por Malvinas, Carlitos creyó que esa era la muerte del rock, y en Candombe se celebró el velatorio, metiéndose el mismo dentro de un sarcófago.
Este legendario personaje de la escena del rock platense, no es alguien que se quede dormido, hace vida de topos, y en cualquier momento irrumpe, aunque nunca deje de lado sus grandes pasiones como son el rock y la radio.

4.14.2011

El Comandante Intergaláctico y su violín mágico

Recomendamos este nuevo programa radial en homenaje a Jorge Pinchevsky que va todos los viernes por Radio Difusión de Berisso, donde Pin también realizara programas radiales.

11.11.2010

La Primera Flor..., 40 años después



Hace aproximadamente dos años, me sentí de alguna manera responsable, o mejor dicho autor intelectual en complicidad con Carlitos Mariño, del delito de que esta tremenda banda rockera ensenadense de los 70, volviera al ruedo. En posteos de 2 años atrás encontraremos data de ellos. Ellos después de una muy buena presentación en el Taetro Municipal de Ensenada, nos generaron muchas expectativas, aunque luego se separasen, pero no hace mucho volvieron silenciosamente a juntarse y ensayar. Hoy la sorpresa me la dio Jorgito Cantoni, el baterista de La Primera Flor, que me trajo como obsequio el disco que lograron grabar y que me parece estupendo, en ese estilo que combinan el rock, el blues y el candombe, eso que ellos llaman el rockandombe, un estilo muy de la Ensenada de Barragán, donde la impronta caboverdeana fue muy fuerte, combinándose con el rock que emergía allá en los setenta en esta región portuaria.

Les recomiendo conseguirse el disco, escribiéndole a laprimeraflor@hotmail.com

1.23.2010

PR

Patricio Rey, o Palmiro Reyna o como quiera que lo llamen, en verdad nunca fue más que su nombre de combate. Su verdadera identidad era extremadamente clandestina, como correspondía necesariamente a una época donde sacar la cabeza, era casi equiparable a ser decapitado. Tal vez aquel tiempo ya pasó y hoy nuestro personaje podría revelar quien era verdaderamente, o para ser más precisos, quienes eran, porque no era sólo uno.

Tal vez eso nos quieran hacer creer, diciéndonos que el mundo cambió demasiado y que aquellas viejas mañas como ser clandestino, hoy pasaron a ser piezas de museo. Seguramente el mundo cambió, pero no creo que tanto como para que nuestro personaje, las personas que lo encarnaron, abandonen la clandestinidad, y solamente creo que debiera ser conocido por quienes realmente comprenden el porqué de su existencia. Ser artífice del rock en aquel tiempo de los setenta, era estar haciendo la revolución, con la complejidad propia de estar haciéndola en el Río de La Plata, donde los aparatos represivos estaban muy aceitados para exterminar no solamente a las organizaciones revolucionarias armadas sino a cualquier expresión que se manifieste como contracultural. El Blues del terror azul, o Adonde está la libertad, o temas similares, que hubieron bastantes, marcan una diferencia abismal entre la movida local del rock con la del hemisferio norte.
PR era capaz de refugiarse en la frontera, y vivir ahí como pez en el agua, conviviendo en el circuito de los brujos, aprendiendo de ellos un conocimiento bastante importante sobre la utilización de yuyos medicinales, pero también realizar experiencias no ordinarias con hongos alucinógenos, al mejor estilo de lo que nos describe Castaneda en las Enseñanzas de Don Juan.
Pero PR esporádicamente regresaba a la ciudad organizaba un evento e inmediatamente volvía a las sombras.
El era de los que se la sabían todas, típico personaje rioplatense que pelaba el peine del bolsillo de atrás del pantalón, se peinaba y encaraba a una minita.
El nombre de combate no era cualquier nombre sino uno que se utilizaba como gastada, como burla, a alguien que aparentemente, sí se llamaba así y que en realidad era un grasa, o un mersa como le decíamos en aquel entonces. Incluso por lo que parece el que se llamaba así era un músico de cumbia sesentista, con el pelo largo y teñido que tocaba en el viejo Rancho de Goma de la 122 entre 60 y 61, enfrente del bosque, que era un pequeño antro de trampa, en un tiempo donde no existían los empresarios bailanteros.

11.15.2009

Una historia aún no escrita- Rock platense

En un artículo anterior habíamos dicho que la historia del rock platense, aún no ha sido escrita, al menos en lo que hace a sus inicios, y se prolonga hasta 1982, donde lo que emerge como rock nacional, es probable que ya no sea igual a lo que en la Argentina, anteriormente llamábamos a secas, música progresiva.
Existen datos dispersos y fragmentarios sobre los orígenes de los Redondos y Virus, muchos de ellos, principalmente en los referidos al folklore ricotero, son bastante imprecisos y no dan cuenta de la realidad platense que los englobaba. Por ejemplo decir que eran descendientes directos de La Cofradía de la Flor Solar, es un dato muy similar al que se esgrime diciendo que Virus fuera lo mismo de Dulcemembriyo. La participación contingente de alguno se sus miembros, en determinada agrupación no hace inmediatamente que uno se convierta en descendiente directo.
Si bien no existen grabaciones del Dulce, si las hay de la Cofradía, sólo alcanza con escuchar, y comprobar lo que estoy diciendo. Tampoco La Cofradía fue lo único que existió en aquel tiempo inicial del rock local.
Es conocida una mítica actuación de Patricio Rey en Salta, en un tugurio llamado El Polaco en 1978. Entre los temas que se pueden escuchar, hay una versión bastante particular de Maldición, va a ser un día hermoso, tema que va a ser conocido muchos años después, por la versión del álbum ¡Bang! ¡Bang!, ¡Estás Liquidado!, de 1989. Lo que sorprende de esta rara versión de Maldición… es que arranca con un fraseo de guitarra, bastante distorsionado, bastante blusero, que cuando uno lo escucha, inmediatamente sabe, que ese no es Skay. En ningún lugar está escrito quien era ese violero.
A su vez todos sabemos que Patricio Rey era una figura mitológica, pero no mucho más, por lo que me puse a indagar sobre ese personaje, ya que la geografía me es favorable, empezando a descubrir que en La Plata, Berisso y Ensenada de aquella época, éste era un pivote muy grosso, que si bien no era nadie en particular, podía encarnarse muy bien en algunos de los que sostenían la escena del rock en la región. Estos son solamente algunos anticipos, pero podemos adelantar que Patricio excedía largamente a los Redondos.
Por otro lado comparto con la estudiosa alemana Mercedes Bunz, que el rock en un momento de su historia, fue fagocitado por el sistema, e inevitablemente se convirtió en pop.
Esta interesante autora señalaba que “El rock trató de marcar estándares auténticos, en un mundo falso, el rock fue una revolución. Pero entonces esa revolución se convirtió en un negocio. Entonces el rock se convirtió en parte de ese mundo falso, y ahí entró el pop”.
La historia del rock por lo tanto debe ser escrita desde la perspectiva de aquella revolución, y no de la que nos marcan hoy, los estándares del establishment, porque así la historia sólo queda reducida a las discografías oficiales, o las grandes actuaciones, y el rock es mucho más que eso, y tal vez, una sustancia mucho más interesante, pero como antes había dicho, esto es solamente un anticipo, en el cual estamos trabajando actualmente.

9.04.2009

Shamal- Gong (1975)- Análisis y reseña del disco

El álbum Shamal de Gong del año 1975, es una de las obras del progresivo que más me gusta, y no solamente por haber estado ahí presente el violinista Jorge Pinchevsky, sino porque sencillamente es una obra hermosa que uno no se cansa de escucharla. Como no soy un analista musical sino más bien alguien que antes que nada se ocupa de la narrativa cultural del rock, le pedí a Erni Vidal que además de músico es un verdadero promotor del género progresivo y sinfónico que me escriba una reseña del disco, y por lo que vamos a leer de lo que el pudo plasmar en la letra, no nos va a caber ninguna duda de que es un verdadero especialista en el tema.

Por
Erni Vidal
desde Mendoza

UN QUERIDO AMIGO de La Plata, Osvaldo Drozd, de naturaleza literato y melómano por elección, con quien compartimos excelentes y extensas charlas a pesar de la distancia (él es de la húmeda La Plata, y yo permanezco en el desierto mendocino, contra la Cordillera), me encargó para estas publicaciones (De Garage, el Diario de Rock, y el blog Berisso Blues), que reseñase dos discos muy valiosos de la carrera de los franceses GONG -pilares de la música progresiva de su país-, y particulares bellezas de contenido de alta calidad, uno por sus logros en el estudio, y el otro por su performance en vivo. Estos discos a los que nos referimos son Shamal, de 1975, y el bastante reciente en su edición original -con rescates de tomas de conciertos justamente en 1975, y que estuvieron muchos años guardadas en un cajón- Live In Sherwood Forest.
Tamaña tarea!
Se me hace una responsabilidad pesada de sobrellevar, dado la grandeza de los músicos involucrados y la magnificencia de esos registros.
Así entonces, con la mayor honestidad (que la subjetividad me permitió), y como ‘ultra-fan’, músico, productor de radio y divulgador del género progresivo en que los años me convirtieron, paso a dejarles aquí mis respetuosos comentarios al respecto.

Comenzaré por el Shamal, disco de estudio de 1975. Un honor.

GONG
Shamal (1975)

Mike Howlett
(bajo, voz)
Didier Malherbe (saxos, flautas)
Mireille Bauer (marimba, xylofón, percusión, gongs)
Pierre Moerlen (batería, vibrafón, campanas tubulares)
Patrice Lemoine (teclados)

Con las colaboraciones de:
Steve Hillage (guitarra)
Miquette Giraudy (voz)
Sandy Colley (voz)
Jorge Pinchevsky (violín)

……………………………………………………............

Luego de la genialidad que significó la ‘trilogía espacial-ácida-psicodélica’ conformada por la serie de ediciones Radio Gnome Invisible (Flying Teapot, 1972 / Angel’s Egg, 1973 / You, 1974) de los franceses Gong, y al mando del talentoso freak australiano Daevid Allen (n.13 Enero, 1938), éste decide retirarse del proyecto para comenzar una carrera solista junto a su esposa y musa inspiradora Gilly Smith; y con nueva formación, ahora liderada por el baterista Pierre Moerlen, el grupo emprende una carrera estilísticamente diferente, orientada más hacia el jazz-rock y la fusión con elementos más cercanos a la world music, pero sin abandonar su escencia original de experimentación en las corrientes espacial-ambientales, y ese clima progresivo de la mejor herencia del Canterbury inglés.
Así, este combo extraordinario, ahora con la presencia quizá un tanto más marcada
-debido al alejamiento de Allen, que también se encargaba de las guitarras- del virtuoso guitarrista Steve Hillage, editan el que sería el iniciador de esta nueva etapa de Gong, uno de los discos emblemáticos y más bellos que dio la historia del género progresivo de su país, y referente además, junto a lo mejor de bandas como Soft Machine, Caravan, National Health y otras, de la escuela de Canterbury (esta corriente o sub-género mixturaba rock progresivo con elementos del jazz e influencias del folk típico inglés, sobre todo de la zona sureste del país, no muy lejos de Londres). El disco en cuestión es Shamal, grabado y editado durante 1975, y, como cito más arriba, sin duda uno de los técnicamente más hermosos y bien arreglados que cedió a nuestros oídos (y mente) el género durante los ‘70s.
Entre los vericuetos que dominan la ‘escena intrínseca’ del álbum, debemos destacar dos particularidades, entiendo que de especial relevancia: Primero, el hecho de que el disco fuera producido en el estudio por no otro que Nick Mason, el mismísimo baterista de Pink Floyd (ya por aquellos años, posicionados definitivamente con peso propio dentro de la escena progresiva europea y mundial), y para nosotros, los progres y melómanos locales, el contar como invitado, con la participación del violinista argentino Jorge Pinchevsky, nuestro recordado y querido Pin, hábil con su instrumento, y como lo demostrara a lo largo de este disco, con una particularísima capacidad para entusiasmar y hasta influenciar a quienes tenía alrededor y que compartían con él las sesiones de grabación.


El disco comienza con Wingful Of Eyes, climático introito a una obra que con el correr de los temas mostraría poseer cierto carácter conceptual, con el fusionado de varios de sus temas a lo largo de la reproducción, armando una hilazón de escucha que lleva al oyente hacia los clímax que Gong maneja prácticamente a su antojo, de manera no forzada y sutil pero muy efectiva… Muy buen groove de bajo (Howlett), con esa sensación de ‘sonido-justo-para-este-tema’, la línea de percusión prolija, impecable en tempo (Moerlen), flauta de Malherbe que ya deja entrever cómo sonará a lo largo de este relato sonoro (muy buen trabajo de cámaras y paneo en el stereo), y todo con las pinceladas de las percusiones afinadas de Mireille Bauer, que sorprenderá directamente con sus intervenciones más tarde, y a lo que termina acostumbrándonos: Su excelencia como ejecutante, sus incursiones perfectas. El piano eléctrico (Fender Rhodes) de Lemoine carga el color fusion sobre el canal izquierdo, con toques acotados y precisos, y la voz a cargo de Howlett, ajustada y bien al frente de la mezcla, provee el tinte particular (con algunos vibratos bien notorios por tramos) que se convierte en una de las referencias de la textura sonora (y estilo, bien diferenciado del de Allen) de la obra. De pronto aparecen, con inconfundible sonido Les Paul, los dedos de Steve Hillage, que será otro de los hilos conductores del sonido Shamal. Pulsante, a veces con determinismo rockero, otras con pastoriles arpegios de guitarra acústica, logra que el tema llegue a su fin con naturalidad y dando buen preludio a lo siguiente.

Continúa Chandra, perla de las que comienzan a dejarse ver ahora con más claridad a lo largo del trabajo. Extraordinaria intro en clave jazz rock muy climático, la base rítmica Howlett-Moerlen ajustadísima, con el agregado de una de esas primeras sorpresas talentosas de Bauer: el groove de xylofón como si fuese tocado por un sequencer, acoplado de manera perfecta con la base y haciendo unas subdivisiones en la métrica que dejan con la boca abierta… Si a eso le sumamos el saxo procesado (con chorus), lo cual le provee un color un tanto “irreal”, y el trabajo de Hillage en perfecto lenguaje Canterbury clarísimo, el track se convierte rápidamente en un bocado de enigmática dulzura para cualquier paladar melómano… Cierto matiz sinfónico es provisto por las líneas de (sintetizador) Moog, y sobre los 4 minutos aparece -en su primera incursión gloriosa por cierto- Pinchevsky, violín acústico, bien reproducido el color de la madera del instrumento, cálido, algo tímido, como tanteando. Tranquilo, pero bien personal y mezclado con las líneas de piano eléctrico, una delicia que pasa muy rápido. La voz de Howlett, siempre como volando por arriba de la pista, pero esta vez más mezclada dentro, formando parte más de un todo compositivo. Hermoso tema que se funde con el siguiente.

Ahora en el tercer tema, Bambojii, tenemos la primera sorpresa ‘global’ de Shamal:
Una intro totalmente étnica, que alejaría al tema (aparentemente) del rock, clima oriental apuntando hacia las alturas del Tíbet o similares, frío ambient de viento con una flauta encima, voces (femeninas, a cargo de Miquette Giraudy) en clave de cánticos de tipo devocional… La presencia de la world music se corta de pronto cuando entra la guitarra de Hillage y se insinúa un tema mucho más rockero, con la intervención de Pin inclusive, que hasta trae por pocos segundos una clara reminiscencia de sus incursiones en las típicas composiciones de La Pesada de Billy Bond, y que de inmediato da paso a… ¡un aire de carnavalito!, bien norteño, obra sin duda esto último, de los arranques arregladores de Pinchevsky, y que debe haber fascinado a los integrantes de Gong por su exotismo. Rareza que sonará extraña para algunos, pero bella de verdad.

Le sigue Cat In Clark’s Shoes, ¡y ahora sí que debemos detenernos para el análisis, frente a una genialidad compositiva y de eclecticismo extraordinario!
Entrada energética, picante, base bajo-batería bien arriba, y todos los demás aportando… Saxos, piano eléctrico, las percusiones afinadas, y el violín. Contrapuntos y trabajo de armonía que consiguen un pasaje pulsante, ajustado en la más clara tradición jazz-rock ‘erudito’. Unos compases de todo esto, tratando de mutar sobre el final, con cortes para “acomodar” el pasaje a lo que viene, y el cambio de métrica de pronto, que desemboca en la escucha de un malambo (sí, leyeron bien), en la mejor tradición Ginastera, para luego dar paso a otro pasaje 100% Pin, como si la mismísima Pesada del ’72 fuese el resto de la banda que está tocando… El violín haciendo el solo, sobre una base de folk/country rápida, con aires bluseros… ¡Si hasta parece que sonaran Alejandro Medina y Black Amaya detrás! Notable, pero el asombro recién comienza, ahí: Muy luego, sigue otro arreglo de métrica para acomodarse, y el combo, con la marca de Malherbe, da paso a… Un tango. ¡Sí, claramente, y de la más pura tradición “canyengue”! Perlita etérea, con la línea de violín bien al frente, y el mismo Pinchevsky recitando lo de “…La morocha y el empedrado…” -así en español y lunfardo, por supuesto- a bajito volumen, por el canal izquierdo, casi un susurro. Unos compases que de ninguna manera pueden pasar desapercibidos. Y el resto de los franceses, tocándolo bien, ajustadamente, como si conocieran este lenguaje casi a la perfección. Evidentemente, la influencia (y muy posiblemente la dirección musical en este pasaje) de Pinchevsky fue de decisivo peso. Varios se dieron el gusto, y todos contentos con el resultado, obviamente. Pin a sus anchas hippie-sudamericanas, y los demás Gong disfrutando a full. Joya total, abarcativa, en el paroxismo ecléctico, que termina con otro poco de jazz-rock para resolver todo de la manera como comenzó. Punto alto indiscutible del disco.

Mandrake es el tema que sigue, y destaca ampliamente ahora la dupla percusiva Moerlen-Bauer, más el agregado de una de las líneas de flauta (bamboo flute) más hermosas y rendidoras de todo el disco. Sobre la mitad aproximadamente, el tema “estalla” gentilmente, dándose un empuje rítmico mucho más marcado, y el groove cae sobre el intelecto como una suave bendición, un bálsamo que asemeja a la miel pasando por la garganta. Uno de los pilares del éxtasis alcanzado por Gong en este trabajo, sin duda alguna.

La canción que le da nombre, Shamal, cierra el álbum. A estas alturas, es de imaginar que poco se puede agregar a este muestrario de talentos varios y técnicas sobresalientes. El final del disco comienza con una base rítmica bien fusion, en plan similar a como empezó, con “Wingful…”, slow tempo, pero más “caliente”, la base casi un loop, tocado a mano. Buenísimo manejo de la síncopa de parte del tándem Howlett-Moerlen, y el talentoso y etéreo toque del saxo de Malherbe como contando una historia, desde lejos con reverbs profundas. Cambia el groove, el ritmo se cuadra, y aparecen las voces de Howlett (muy bien) y el coro a cargo de Sandy Colley, en un interplay tan nerviosamente extático como no exento de una cierta sensualidad. Muy interesante. Hay una carga de misticismo (como no podía ser de otra manera, viniendo de Gong!) rondando todo el disco, y se percibe muy especialmente aquí, en este pasaje.
Mireille Bauer vuelve a ser el centro de atención de la escucha, llegando a doblar la frase del bajo en pasajes que se nos antojan casi imposibles, y dueña de una justeza y afinación que cortan el aliento… y nuevamente, sobre los 4’25”, vuelve a aparecer el pulso nervioso de Pin, breve pero enérgico solo de violín del geniecillo criollo, con una urgencia que hace traer a la memoria algunos pasajes de la virtuosa Mahavishnu Orchestra.
El tema vuelve a tomar sus carriles de free experimental con algunos toques de funk aquí y fusion allá (que lo acercan a la escuela del RIO inclusive por momentos, como flashes), y Hillage y Malherbe se despachan a gusto repartiéndose lo que queda para improvisar y meter frases en el paneo del stereo.


En resumen, un trabajo único, con fuerte identidad propia, que contiene todos los elementos de la música de una década prodigiosa, y a la vez no intenta parecerse a ninguno: no lo necesita.
Shamal viene a ser el “eslabón perdido” entre esa primera etapa, lisérgica, enloquecida, psicodélica ácida y espacial, a bordo de teteras volantes que surcaban cielos para remontarse hasta un lejano planeta con intelecto y cultura rockera propios, que significó el liderazgo del ‘pot head pixie’ delirante y genial de Daevid Allen, y lo que podría denominarse la “tercera etapa” Gong, en donde Pierre Moerlen toma el timón para desembocar finalmente en ese portento que llegó a contener en sus filas a un genio de la guitarra como Allan Holdsworth, y a otros notables como Mick Taylor (guit), Bon Lozaga (guit) y Darryl Way (violin), y que maduró discos tan increíbles y valiosos para el género como Gazeuse! (1976), y Expresso II (1978).

No puedo recomendar lo suficiente este disco maravilloso, perla que brilla con luz propia entre los buenos álbums del progresivo clásico de los ‘70s, tanto en la veta del Canterbury, como del jazz-rock, el acercamiento –visionario, por cierto- a los climas de lo que años más tarde se conocería como ‘New Age’, o simplemente el rock progresivo más visceral y franco, con formato de canciones que remiten a los lugares más recónditos del alma y el intelecto…
Mención aparte, la protagónica participación de nuestro violín mayor del rock y el blues, Jorge Pinchevsky, en épocas tal vez duras de su exilio europeo, cuando a fuerza de puro talento y necesidad de progresar llegó a tocar con músicos de la talla del francés Cyrille Verdeaux en su proyecto Clearlight (que taloneaba a Gong en gira, y de donde precisamente se creó el contacto y posterior ‘pase’ de Pin a Gong), y de su notable presencia e influencia en los pasajes étnicos (sobre todo sudamericanos) del álbum.
Una joya si se quiere única, verdadera pieza muy valiosa en cualquier colección de buen progresivo.
Un buen masaje para las percepciones.
Por favor para quienes no lo conozcan, intenten conseguir el Shamal de Gong, y entréguense sin miramientos a su disfrute. Sus sentidos se los agradecerán.

Ernesto Vidal (Erni)
La Progresión/Música de Culto
FM Universidad – Mendoza
laprogresion@yahoo.com.ar